Yo también tengo sexo casual

Una de las cosas más placenteras después de dormir, o quizá después de comer, es tener sexo. Bueno, incluso para muchos de nosotros probablemente sea lo más placentero, lo que está en la cima del top. Y aún más, crecemos con la idea machista de que entre más sexo con más personas, aumentan más nuestras proezas, nuestra imagen de semental. Pero, siempre hay un pero… aunque parezca que podríamos follar cada noche con una persona diferente si tuviéramos la oportunidad, al final, no resulta como pensábamos. Tal vez sólo yo pienso así, no lo sé. Pero creo que ya no añoró esa libertad que ofrece la soltería para acostarme con cualquier mujer.

La última vez, después de terminar ese polvo egoísta y narcisista que tuve (claro, porque cuando se trata de sexo casual sólo estamos pensando en nuestro placer, en el morbo que nos produce la situación, y claramente nos importa vagamente lo que la otra persona está sintiendo, si lo está disfrutando, o si quiera nos importa sus gustos musicales, literarios, el nombre de sus padres o qué planes tiene para el día siguiente), me di cuenta que estaba aburrido.

Miraba el rostro de la chica extenuada sobre mi cama, casi dormida, y lo único que deseaba era estar solo. Su presencia me incomodaba porque ya habíamos terminado lo único que quería: follar. Entonces, me di cuenta que ya estaba grande (Yo estaba grande, mi mente, no era una referencia a mi pene). Que tal vez, ya había madurado, que deseaba que ese rostro que estaba allí con su cara pegada a la almohada fuera otro, uno que yo disfrutara ver mientras dormía, que ansiara al día siguiente, imaginaba que los ojos de esa chica se abrían, me miraban con una sonrisa, y empezábamos una conversación sobre las trivialidades de la vida. Que me gustara quien era y no solo su par de tetas. Pero no… lo que quería en realidad era pedirle el Uber y despedirme.

Y es que he de admitir que no es la primera vez que me pasa, creería que desde hace un tiempo es una consideración que tengo después de eyacular. Antes no, antes la arrechera como se dice en mi país, solo considera el momento de empezar a fornicar. Sin embargo, al final no queda nada más que sudor, unas sábanas distendidas, y una necesidad imperiosa de tranquilidad que te arrebata la presencia de esa extraña.

Pueden pensar que soy muy romántico, y la verdad no me importa. Pero estoy seguro que aunque sea el sexo muy rico y placentero, no debería ser más que el resultado de un encuentro de otro tipo. Es decir, el resultado de una conexión verdadera, más allá de la física, una donde mientras estas desnudo, y tu pito flácido pierde cobertura, no te importe un carajo y te rías en la cama de los malos chistes, o de las preguntas inapropiadas de la persona con la que entablas más que ganas de follar. Que esas ganas de partirla en dos, sea sólo el resultado de una exploración armónica a las que muchas personas llaman amor. Porque al final, el sexo casual no termina siendo más que lo mismo que haces cada noche cuando tienes el libido al tope y un vídeo porno al lado. Una satisfacción personal que no deja nada más que una anécdota, y eso que un sinnúmero de ellas ni siquiera se cuentan.

Al final, muchos de estos encuentros casuales solo es el reflejo de un pensamiento que va en una sola dirección, que no alimenta nada, que no resuelve nada, que no deja nada. No es más que un pensamiento que quieres meter y ya.

Por Sebastián Paris.

 

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