#NoApoyemosElCineColombiano – La cruda verdad del séptimo arte.

#NoApoyemosElCineColombiano – La cruda verdad del séptimo arte.

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A lo bien, yo no he visto a la primera persona que me invite a “apoyar” al Hombre Araña o cualquiera de las taquilleras películas extranjeras que atiborran nuestra cartelera. Tampoco
he visto a los directores(as) del mundo invitando a ver su película y rematando la entrevista con la clásica frase “apoyen el cine” (francés, escandinavo, argentino, etc.) Ninguno de los realizadores, actores, productores se refiere a su propio proyecto con ese enfoque lastimero. Aun cuando todos, estoy seguro que todos, recibieron alguna colaboración por parte de personas y empresas para la realización de sus películas.

Por tal razón voy a liderar una pequeña pero ambiciosa campaña que invite a no “apoyar” al cine colombiano. Tengo el firme propósito de que muchas personas se sumen a esta iniciativa y poco a poco abandonemos ese concepto tan fofo de apoyo y migremos a ideas más interesantes.

Un cambio como éste no es un truco de lenguaje: no es como cambiar el apellido Vélez por Balas. Lo que esto supone es una variación más profunda del concepto, porque nuestro cine no necesita que lo apoyen, merece que seamos parte de él. Nuestro cine necesita más cómplices que donantes: necesita inversionistas. Cuando se hace cine se deja una impronta en la historia de un país. En las películas se formula una opinión, se plantea una mirada sobre la realidad, sobre un concepto o idea, que así sea tratada como ficción, está relacionada con ciertas verdades que nos identifican como humanos.

El aporte del cine es un aporte a la construcción de la memoria de un país y en ese sentido, hacer una película y compartirla es contribuir a que el olvido no nos carcoma. El cine colombiano necesita espectadores que aprendan a verlo de manera autónoma, que se formen un criterio propio partiendo del conocimiento de la historia del mismo y de los elementos claves de cada género, así como también de la trayectoria y el estilo de nuestros guionistas y directores, además, de la calidad y reconocimiento de nuestras producciones a nivel internacional. El cine necesita más gente que se identifique con aquello que le gusta de las historias y lo hable sin miedo. Necesita de gente que aprecie el trabajo técnico, tecnológico y artístico de cada una de las áreas de trabajo en una película. Es tan básica nuestra lectura como espectadores, que la mayoría termina diciendo: “estuvo buena la fotografía”, “qué embarrada el sonido”, entre otras frases típicas porque no saben nada más qué decir.

Me atrevo a opinar que en la mayoría de los casos considerar que el cine colombiano es de baja calidad es más un eco de algún comentario crítico de hace décadas que como un germen, se propaga entre la gente. La verdad es que si de violencia se trata, nuestras películas tienen más bien poca comparada con las “justificadas” golpizas nucleares que le propinan los gringos a cuanto archienemigo extra o supra terrestre inventan, y el público promedio de nuestro país acepta ese “viajado” de ficción con benevolencia pagando por ver. Pero eso sí, no tolera que un realizador colombiano hable de manera sutil sobre la violencia, el abuso y fenómenos como el desplazamiento a través de la historia de unos cuantos habitantes de la calle en Bogotá cuyas vidas giran alrededor de los pocos segundos en los que su semáforo se enrojece.

Por John Alex Castillo

@JohnAlexCV

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