A falta de bolsillos

A falta de bolsillos

Cuando las amas de casa iban por el mercado en otros tiempos, ¿dónde guardaban el dinero? En esa época las cosas actuales no existían o no eran para llevarlas a todas partes. La carterita o la bolsita donde guardaban la plata se colaba por entre los botones de la blusa, para apretujarse en los encajes del sostén. A veces se rodaba hasta el sobaco donde estaba mejor protegida de miradas ambiciosas.

Hoy las cosas no son distintas. El otro día, una bonita muchacha subió al bus con un puñado de llaves en la mano derecha y en la izquierda su celular. Se levantó su camisa buscando con morbosa curiosidad algo por entre la pretina del ajustado pantalón sin bolsillos, de esos blancos en lino que tallan y transparentan curvas. Comenzó a bajarlo de un lado dejando ver la diminuta tira de sus bragas y el inicio de un triángulo de tela satinada color crema en su plano vientre.

Lo que buscaba lo encontró atrás, casi en la mitad de una de sus firmes nalgas, mostrando una dorada piel marcada por algo que la oprimía. Eran unos cuantos billetes doblados tacañamente, guardados donde sólo las miradas carnales llegan. Si el chofer se hubiera fijado que estaban empapados por el sudor de la joven, creo la hubiera hecho subir gratis por la puerta de atrás. Habría sido mejor para todos los espectadores que nos desilusionamos al ver que la moda satisface parcialmente las exigencias actuales, teniendo que recurrir a la vieja tradición de las abuelas.

Las mujeres (no necesariamente señoras enchapadas a la antigua) necesitan llevar todas sus chucherías, pero las nuevas prendas favorecen a la estética sobre la comodidad. ¿Han visto un celular en el bolsillo trasero de sus apretados jeans, o en la hendidura que separa sus senos en una blusa descotada? Para ellas, esto es más práctico que embutirlo en un bolso como accesorio adicional a su pinta favorita. Y para los hombres es una oportunidad de detallar la evolución e involución de la moda en la figura femenina.

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