A propósito del 20 de julio

Este 20 julio los colombianos que viven en London, Canadá acudirán al Harris Park a comer lechona. En Toronto los colombianos irán al “paseo de la olla” en el Erindale Park. Lo propio harán otras colonias colombianas residentes en Ottawa y Vancouver. Y ni se diga de los de Miami, Nueva York y Los Ángeles. Todo ello para celebrar la memoria del día en que Colombia, a través de un grito de independencia en un tumulto en Bogotá, logró el acta que se convirtió en el primer intento por liberarse de los españoles. Hay quienes dicen que el detonante fue un florero, cosas de esas curiosas que pasan en Colombia desde hace muchos años.

En realidad no muchos colombianos se detienen a pensar lo que significó de verdad para los criollos de la época, lo que sucedió cuatro días antes del cumpleaños 27 de Simón Bolívar, quien nueve años más tarde le diera a Colombia la independencia definitiva en la batalla de Boyacá. Referencias cercanas nos muestran como los estadounidenses cada 4 de julio nos recuerdan en su “Independence day” lo orgullosos que se sienten de su separación de Inglaterra en 1776. En Canadá no se sabe bien lo que significa la palabra independencia pero se le llama “Canada day” (antes “Dominion Day”) y conmemora cada 1 de julio el acuerdo firmado en 1867, donde con la creación de una confederación, se cristalizó un gobierno propio aunque sin desconocer el poder de la corona.

Los colombianos de entonces, o más bien, los entonces hijos de españoles nacidos en Colombia, hartos estaban de rendirle tributo y pagarle impuesto a la corona española. El comercio estaba monopolizado por europeos y los criollos se sentían excluidos de toda participación en el gobierno. La independencia no era para los colombianos indígenas (que llevaban mucho mas tiempo allí), ni para los mestizos, ni mulatos, ni mucho menos para los negros. La Independencia de entonces significaba el cambio de poder de unos señores lejanos a unos amos un poco más cercanos, y el sueño de algunos de infundir principios de libertad e igualdad.

Pero los colombianos de ahora, en Colombia, ciertamente no celebran el 20 de julio. Los de afuera sí. Existe un extraño y repentino sentimiento patriótico que se adueña de los colombianos en el exterior. Les hace añorar su tierra y sentirse ciudadanos desde la distancia, al tanto que se hallan a ellos mismos haciendo cosas que nunca hicieron cuando vivían en su lugar natal. Cabe preguntarse cuántos de esos colombianos que cantarán el himno nacional y bailarán Cumbia este 20 de julio hacían lo mismo en su país. Muchos de los que ahora afuera bailan Guabina, Torbellinos, Bunde, Mapalé y Pasillos, ni siquiera lo habían intentado cuando lo enseñaban en la escuela primaria. Ahora, cuando nos sentimos seguros y distantes podremos recordar las veces que veíamos por televisión algún desfile conmemorativo o una manifestación contra la violencia. La mayoría pecamos por la indeferencia y hoy, bien lejos, queremos reconciliarnos con una patria que de cierto modo nos aplicó una dura exclusión, pero que por otro veíamos tristemente destruir casi dormidos o inertes.

De algo debe servir todo esto acá en el exterior. Pero qué tan bueno sería para Colombia que ese repentino patriotismo inundara también a los que están allá. La violencia se ha ido arraigando en un pueblo permisivo e impotente. El país enfrenta momentos muy difíciles y bien le vendría la unión de su sociedad civil en torno a nuevo proyecto de nación; el de una patria en paz, libre, incluyente y equitativa, tal como la querían los precursores del 20 de julio de 1810.

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