Asquerosa Criatura

Asquerosa Criatura

No pude soportar más. Después de tenerla tan cerca debía hacer algo. Tantas horas esperando en mi ventana a que saliera, tantas horas soñándola. Me imaginaba sus labios delicados, rosa, moviéndose violentamente mientras peleaba con su hermana, me imaginaba sus manos largas y blancas mientras recogían la tela de las cortinas, sus largos dedos, sus uñas desgarrando mi piel.

Maldita sea. Otra vez llegar a mi casa. Mi papá joda que joda, que las tareas, que el honor, que una muchachita de casa, que su mamá la puta, que su hermana cómo si es de bien. Hasta ganas de morir da, como de clavarse una daga en el corazón. Me gustaría sentir esa presión en mi pecho, después, la presión de la sangre; delicados cauces que atraviesen mi cuerpo blanco y rojo. Después como un friecito, como cuando se le duerme la pierna a uno, y después nada. A veces hasta extraño la daga en mi pecho.

Comencé con mensajitos pero de nada sirvieron. Los poemas de escritor varado y enamorado no la sedujeron. Lo sé por que ya no me mira como antes. Antes salía a su ventana y me observaba mirando que me miraba, daba vueltitas enredándose en la cortina, la transparencia de ese velo me enfermaba. Se ocultaba detrás de sus cortinas, pero era como si tratara de taparse con el agua de un río; clavaba y se deslizaba sutilmente por debajo de la superficie, su cabello negro hacía surcos y alteraba la estabilidad, las ondas se expandían hasta perderse y salía de nuevo a la superficie para mirarme otra vez. Entonces, era yo el que caía, clavaba en sus ojos negros: caía a un estanque negro, negro como el petróleo, espeso y me hundía, abría los ojos y el petróleo me entraba hasta el cerebro, respiraba profundo y el petróleo, lento y espeso, bajaba hasta mis pulmones, llegaba a mi sangre y era todo negro, todo petróleo. Ya no me mira como antes, insisto. Ahora desde su ventana me tienta, ya ella no goza con verme, goza dejándome ahí parado esperándola. Ella sabe que me muero y me hunde más el puñal.

Y después a mi cuarto. Después de comer y de pelear, después del sermón y del divorcio, después de la virginidad y el rosario, después a dormir. Para qué dormir. Si no duermo, al otro día tengo cara de enferma y no hago nada en mi casa. Cuando no duerno pienso cosas nuevas: ¿cómo morirme?, ¿cómo caer al suelo?, ¿cómo será mi funeral?, ¿cómo lo veré?, ¿con qué lo veré?, ¿inclinaré mi cabeza o la levantaré? ¿O me corto la cabeza? Sentir el filo del cuchillo en la garganta, como que pica cuando va cortando la piel, separándose, abriéndole campo a la sangre, sería como sudar a chorros. Ya ni al idiota ese veo. Antes, me quedaba mirándolo a ver qué hacía. Fantaseaba viéndolo caer desde ese tercer piso. Me lo imaginaba clavado en la reja de abajo: su ojo salió por su espalda, la sangre llegaba hasta la acera de mi casa y yo saltaba de charco en charco como cuando antes llovía y era feliz. Sería feliz en ese charco de sangre.

El idiota ese me comenzó a mandar papelitos con poemas. Los dejaba por debajo de mi puerta. Ahí volvió a empezar mi papá: que por andar picando el ojo, que por mostrar pierna, que puta vos y tu madre, que cojo a ese HP y le meto tres tiros por la boca. Las mujeres son unas putas, a mi me consta, yo lo soy y mi mamá y mi hermana y las que conozco, puta tu madre. Ahí sí me llamó la atención, como para que lo cogiera mi papá. Entonces comencé con el coqueteo, el ‘suripanteo’. Le amagaba, me asomaba a la ventana y después lo dejaba allí esperándome, le hacía caras, le picaba el ojo: con un cincel, duro, martilla duro hasta el fondo, duro que así me gusta, hasta el fondo papi. Hasta que un día no apareció más. Como que se encerró porque nunca lo veo salir, ni se asoma a la ventana, pero me piensa, lo sé, y ¿yo lo pienso?… no lo sé.

Volé hasta su ventana. Si, volé y entré en su cuarto: estaba allí, acostada como siempre la imaginaba. Las sábanas apenas cubrían sus piernas. Su blanca piel creaba una verde atmósfera en el cuarto, sus labios rosa pálido entreabiertos y sus amarillos dientes brillaban, perla en concha. Un hilo de saliva se escapaba por la comisura, sus largas pestañas bajaban hasta sus pómulos, linda avestruz, sus piernas alumbraban .Una daga para una dama. Ya no más ventana coqueteo, ya no más muselinas y velos, ya no más estás ahí adelante y ya no más. Subo a tu cama. Temí despertarte con la vibración, pero tu respiración es continua e intensa, como provocándome. Te provoco, me deseas, pero ya no más, tu pecho espera la daga. Punta contra blancura, penetra difícil, filo desgarra, la presión en tu pecho, la sangre mancha tu cama, sábanas de matrimonio consumado. La bajo por entre tus costillas, quiero llegar a tu ombligo. Filo corta, sangre salpica, adiós ombligo. ¿Cuántos no quisieron conocerte por dentro? Cuántos pero sólo yo, sólo yo porque ya no más. Qué linda sangre, brilla. Ya no eres blanca. Tus ojos se abrieron y tus grandes pestañas batieron el aire, me miraste como desde tu ventana: lejana, fría, pero me agradecías. Zoom out de tu mirada.

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