Buenos tiempos

Buenos tiempos

Hace más de una década, mi parche del domingo era llevar fiambre al río Pance y nadar todo el día. A veces comíamos en La Vorágine o cocinábamos sancocho de gallina. Había días en que subíamos hasta el pueblito, en esa época el río tenía unos charcos en los que se podía hasta clavar. Igualmente, tocaba caminar como media hora desde la carretera, donde lo dejaba a uno el Papagayo, hasta el río La Viga, el otro río donde todavía se puede nadar. Siempre escuchando salsa.

El América había ganado su octava estrella y el disco de la feria era “Oiga, mire vea” de Guayacán, ese grupo que con sus letras nos ayudó a hacer nuestras primeras conquistas amorosas y a llorar nuestros primeros desamores.

Los partidos callejeros empezaban a las 11:00 de la mañana y terminaban a eso de las 6:00 de la tarde. En los descansos comprábamos papas chorreadas y champús en la esquina, tomábamos gaseosa de pera y todavía no podíamos creer que la nueva Postobón contenía 350 centímetros cúbicos. Coleccionábamos las figuritas de El Chavo que venían en los paquetes de Chitos, íbamos de tienda en tienda buscando conseguir las tapas de gaseosa que tenían impreso ‘HONDA CRX’, jugábamos a “Los Magníficos” en el taller del vecino y luego asistíamos a una función en Los Cinemas.

El cine, ¡Ay el cine!. Los martes entraban dos por mil y pico, no existían los cines de Chipichape y Unicentro pero si Cosmocine, Cienarama (o Cine México), El Cid, el teatro Aristi -ese que se convirtió en iglesia cristiana- el Teatro Bolívar, el Imbanaco y un montón más. Habían unas funciones que se llamaban ‘Matiné’ y un payaso rifaba loncheras, luego visitábamos el Parque del Avión -más formalmente Parque Pardo Llada- o íbamos al Parque de la Caña a montar en las canoas.

Esperábamos todo el año para que empezara la Feria de Cali, comprábamos con mucha anticipación la ropa que íbamos a estrenar y hacíamos todo tipo de combinaciones, una para cada día de feria. Recogíamos dinero para hacer el mejor Año Viejo de la ciudad, nos ayudábamos vendiendo bolsas de papel periódico o sandis, pintábamos la calle, colgábamos festones y poníamos bombillos de colores. Siempre escuchando al Grupo Niche y a Guayacán, cuyas canciones nos ayudaron a hacer nuestras primeras conquistas y a llorar nuestros primeros desamores.

Ahora mi parche es ir a la universidad, luego vamos a la piscina en el penthouse de un amigo o al club, y rematamos en algún bar escuchando ‘rockcito’.

La vida ha cambiado bastante, al igual que Cali y nosotros. Lo importante no es mirar al pasado y recordar buenos tiempos, sino contemplar el futuro y pensar en tiempos mejores.

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