Caída de un ensueño

Caída de un ensueño

La empapa la ansiedad. Al día siguiente partirá a la capital. Una mezcla de miedo y excitación la torturan: es tan fuerte su pánico a las alturas como la pasión que teje su imaginación ante un nuevo encuentro con el amor. Empaca la maleta con sus mejores prendas; quiere deslumbrar los negros ojos que la buscarán con avidez cuando descienda del avión….Sus piernas se doblarán de tanto temblar y sus manos se tornarán tan frías como la piel de los sapos del estanque donde jugaba siendo niña, ajena a sus miedos de adulta.

Mira el reloj, se acerca la noche. Guarda con sigilo en el bolso de mano el calmante que dormirá su inquietud. Sin este ritual no se desplazará al avión. Sus piernas se doblarán de tanto temblar y sus manos se tornarán tan frías como la piel de los sapos del estanque donde jugaba siendo niña, ajena a sus miedos de adulta.

Busca descansar. Las huellas de una mala noche no marcarán su pálido rostro. Grita en silencio el cuerpo que danza respondiendo al cosquilleo de los dedos extraviados sobre su tostada piel. El viento penetra por la ventana elevando las sábanas de seda y liberando el aliento que emana bajo sus piernas. Un quejido recorre la instancia donde duerme plácidamente.

Se cierra la puerta del avión. Es la última pasajera, jadea. Pronto estaría con él. Busca una silla vacía que no encuentra. La azafata le señala un lugar. A su lado un hombre se muestra cautivo ante el libro que sostienen sus manos grandes sobre una figura delgada y pequeña. Se relaja, no desea entablar acercamiento alguno. Se sumerge en el amanecer que observa a través de la ventanilla. A lo lejos escucha las instrucciones del auxiliar de vuelo. El anónimo pasajero ha cerrado el libro, detiene su mirada en el rostro perdido de su compañera de vuelo. Un calor extraño junto a su cuerpo la desprende de la alborada y la lleva al encuentro de una mirada que quema y perturba.

– “¿Va hacia la capital?”, le pregunta sonriendo.
Ella lo confirma, prendida en sus ojos.

Siente cómo sus palabras deslindan la avalancha de sensaciones que bullen en ella y decide callar. Él insiste en el diálogo. Quiere entrar en ella, tomarla. Habla del tiempo, las nubes, la capital y no sé qué otras cosas más. Por fin entiende el silencio, el beso que sus labios le ofrecen, el palpitar del corazón que viaja a la misma velocidad de la aeronave y la profundidad de un anhelo rasgueado en la retina de sus ojos color avellana. “Pasajeros, ajústense los cinturones”, se escucha a lo lejos. “Aterrizaremos en unos momentos”. Enlazan con ansiedad sus manos, cierran sus cuerpos para evitar que se escape el deseo y se escarche la sangre.

Ella abre el bolso para mirarse al espejo y retocar su rostro. Recuerda el encuentro con el hombre que ama. Presiente la sonrisa que la espera para envolverse con ella en la locura de un tiempo sin estrellas.

Detiene ahora su mirada en su compañero de viaje; ha cerrado sus ojos y el libro que nunca leyó… ella no quiere olvidarlo. Tiñe en su corazón la imagen de aquel hombre que en un sueño de amor le hizo olvidar su miedo a volar.

El teléfono repica con insistencia… No quiere despertar, su cuerpo se agita de nuevo, el tonillo la sacude… Sus ojos se resisten a olvidar el ensueño, se abren y cierran en danza solitaria, por fin se detienen en la maleta que aún reposa abierta sobre la poltrona. Y “…aló…” Contesta soñolienta. Una voz sin nombre le responde “¡Despiértate amor!”.

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