Calaveras y Diablitos

Calaveras y Diablitos

A través de registros históricos hemos levantado culto y reverencia al otro mundo y a nuestro viaje seguro hacia otro lugar. La muerte ha sido un argumento para celebrar en llanto y dolor los límites de nuestra existencia. Todos sabemos que vamos a morir algún día y que esto está presente en nuestras mentes tan claro y persistentemente como la necesidad de respirar o como el saber que al despertar mañana el sol saldrá otra vez. Vivimos acosados por los temores que rodean nuestro final y que definen nuestra mortalidad, a pesar de que diariamente nos enfrentamos a la muerte como un ícono presente en todo lo que leemos, escuchamos y miramos. En noticias de tragedias, muertes naturales, terrorismo y suicidios, la muerte es un elemento permanente y activo que afecta el juicio y las acciones de las personas.

Desde el temor a ser atropellado por un carro (razón para caminar unos metros extra y subir el puente peatonal), al temor constante de encontrarse atrapado en medio de un tiroteo o ser víctima de un asalto a mano armada, ese cosquilleo existencial palpita tan fuerte en la mente de la sociedad que para muchos es casi un estímulo diario el evitarla, el esquivar su llegada. Ejemplos claros demuestran que profesionales, como bomberos y policías que ponen sus vidas en peligro a diario, aprenden a conllevar el riesgo de perder sus vidas como un elemento retador, una forma de competir y tener como el mayor logro conservar el bienestar propio y el de los demás. Su mortalidad es la adrenalina que mueve sus vidas.


¿Somos adictos a estar vivos?

Algunas personas se preguntan porqué un conductor de Fórmula 1 se atreve a poner su vida en tal grado de riesgo; porqué un torero decide enfrentarse a las bestias de cuernos afilados; o porqué buscamos retos para medir la resistencia de la vida. El ser humano pasa la gran parte de su vida luchando por no morir, mientras que al mismo tiempo está buscando formas de hacerse daño a sí mismo y a otros (drogas, alcohol, armas, sexo). El ser humano insiste en tocar los límites de su propia existencia, en algunos casos aferrados a la creencia en lo divino o como se percibe en la sociedad moderna: sólo aferrados al momento, el día y el presente sin pensar en un futuro. De una pasión interminable por vivir también han surgido variables culturales donde el ser sólo se preocupa por el momento y no piensa más allá de su presente inmediato. Esta tendencia se hace cada vez más común entre los miembros de la sociedad contemporánea-modernista, donde la falta de valores ha generado una peligrosa ausencia de humanidad y espiritualidad, creando seres indiferentes y ausentes que sólo buscan el estímulo a través de los negocios, las finanzas, el deporte extremo o simplemente un estilo negligente hacia sí mismo y la sociedad.


Los seguros de vida

Siempre me ha generado curiosidad el negocio de los seguros de vida, o mejor seguros de muerte, que casi siempre ofrecen beneficios en contraprestación de la muerte propia. Casi sin hacer análisis del objeto de los seguros, podríamos decir que éste es un negocio ideado por la mismísima muerte para incrementar sus clientes. La gente cree que va a morir más tranquila si deja unos pesitos a sus familiares, o asegura la universidad al hijo. Somos ilusos al creer que dejar unas cuentas cifras en una cuenta bancaria nos asegura la trascendencia y la permanencia en este mundo, cuando ya nuestra forma corpórea no esté presente. Los seguros de vida podrían ser considerados la momificación egipcia del mundo moderno; somos faraones que quieren tener un impacto en el mundo terreno inclusive después de nuestra partida al inframundo. Ni siquiera tenemos la capacidad de dejar esta tierra sin la pena y el dolor de lo que estamos dejando. Estamos condenando las memorias que otros tienen de nosotros única y exclusivamente al número de activos con que contábamos a la hora de nuestra partida. Podríamos tratar de dejar todo a desconocidos cuando la hora de nuestra muerte llegue, a ver si esos desconocidos nos van a amar más por el dinero y el carro que les dejamos. ¿Será?


Va y viene la muerte

El otro día un amigo me comentó algo que me pareció bastante curioso, al igual que me pareció común con respecto a algo que había percibido con la muerte de personas como Jaime Garzón. “El otro día llamaron a la oficina para avisar que Diana, una compañera de trabajo, había muerto. Diana había estado con una influenza de esas de la temporada navideña 2004, que había azotado a la mayoría de la población caleña. Era 28 de diciembre, día de los inocentes, y nadie creyó. Horas más tarde volvieron a llamar a dar el mismo aviso. Era cierto. Diana, una mujer menor de 30 años, sana y con una vida totalmente corriente había recaído bajo los efectos de la influenza y había muerto”. Lo extraño, según él, es que una semana más tarde Diana era ya parte del pasado, el ritmo de las cosas siguió igual. La muerte pasó, se llevó a alguien y la vida continuó… Así son las cosas con respecto a la muerte. Bien hacen muchas culturas indígenas en hacerle culto como una fuerza más de la existencia del universo, ni mala ni buena, sólo una fuerza más con la que el ser humano y toda vida en este mundo convive.


¿Y qué hay después?

El cristianismo nos promete vida eterna en el paraíso; el budismo, la transformación de nuestro ser y la reencarnación en otras formas y estados. Por otro lado también está aquella hoguera caliente y llena de cositas puntiagudas llamado infierno, donde el ‘señor cuernitos’ nos espera para hacernos pagar por las faltas. Al parecer no basta con una extenuante vida llena de burocracia y corrupción, sino que después también tenemos que someternos a juicios y veredictos, pruebas y más pruebas para trascender a un estado de consciencia superior. Me pregunto entonces cuándo descansaremos. La verdad parece que estamos condenados a permanecer y a hacer parte de interminables sistemas de ordenamiento y aprobación hasta la muerte, algo que no suele ser muy alentador y nos evoca a seguir viviendo apasionadamente y cuidando aquello que amamos es usado como herramienta de control.

¿Debe convertirse la muerte en un elemento simbiótico de nuestras vidas? ¿Debemos vivir cada día usando nuestra mortalidad como elemento gestor de buen o en su caso, de mal comportamiento? ¿O debemos entrar a un plano existencial donde hagamos caso omiso a nuestra mortalidad y vivamos cada día inmerso en una ignorancia invitada? Como decía el poeta británico John Donne “La muerte de cualquier hombre me disminuye, porque yo formo parte de la humanidad, por tanto nunca mandes a nadie a preguntar por quién doblan las campanas: doblan por ti”, debemos hacer de nuestra mortalidad un elemento de cohesión, un medio gestor de unidad social y cultural. Si no nos une el mismo género sexual, los mismos valores, el color de nuestra piel o el idioma, con total seguridad nos une nuestra distintiva pero global mortalidad, y la constante fragilidad de nuestra persistencia en este plano existencial. Somos humanos, somos mortales.

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