Convivencia musical

Convivencia musical

La música se escuchaba desde antes de recogerme. Eran clásicos musicales del género, pero a ese volumen ensordecían a cualquiera. Sin embargo, ¿quién enfrentaría al malencarado chofer? La canción no era el problema, sino su poca atención en la conducción del colectivo, de por sí habitual en la guerra con los de la misma empresa o con la competencia. Más adelante, un corpulento pasajero le gritó: “¡Le baja a la música o llamo a su empresa a quejarme!”. Ante tal amenaza, el futuro cantante del Factor X acalló su bulliciosa presentación de karaoke ante su fanaticada.

En aras del ejercicio de la tolerancia: a) los taxistas y transportistas de buses y colectivos pueden escuchar la música que quieran mientras no afecten la seguridad de su trabajo; b) los pasajeros tenemos derecho a utilizar un servicio público que nos satisfaga como clientes antes que como bailadores; c) ambas partes deben conciliar lejos de la fuerza del autoritarismo del momento, en por lo menos el volumen de lo que escuchan, o preferible y salomónicamente en no escuchar nada.

Es verdad que lo que escuchamos hace parte de nuestra respetable privacidad, pero esto no significa romper deliberadamente los límites de la paciencia de los afectados o irse lanza en ristre contra sus causantes. Con amabilidad, todo acuerdo será posible. Por ejemplo, un amigo, mencionó que mi carro parecía un bus urbano porque cuando se subió estaba sonando la misma emisora que se suele escuchar en este tipo de transporte. Sin permiso alguno, sintonizó su frecuencia favorita. De la mejor manera, le pedí que por favor respetara mi espacio, y a regañadientes aceptó otra emisora a un bajo volumen. Con tal gentil gesto, ambos ganamos.

La democracia (musical y cualquier otra) es imposible. Ante tal hecho, procuremos una convivencia pacífica bajo el ejemplo de Confucio, quien creía en el sentido profundo de los buenos modales y su correcto cumplimiento en sociedad. Estos formalismos externos no nos hacen seguramente mejores, pero todo resulta más sencillo si lo hacemos así, como lo dice Ernst Gombrich en su libro Breve Historia del Mundo.

En los buses y en todos lados, “hagámonos pasito”.

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