¿De dónde saldrá la próxima Betty?

¿De dónde saldrá la próxima Betty?

Primera parte

betty2Hace seis años hizo aparición de modo contundente en la realidad nacional lo que los especialistas dieron en llamar “Voto Independiente” o “Voto de Opinión”. La expresión literal no la recuerdo bien, lo que tengo presente es que era algo así como un despertar de la conciencia de los electores en nuestro país, que por vez primera optaban a consciencia para votar, a favor o en contra, por uno u otro candidato.

El resultado de aquellos comicios no fue muy halagüeño: ganó Andrés Pastrana. Pero lo importante es que se sentó un precedente al mostrar que el país estaba lo suficientemente “crecidito” como para elegir lo que quería. Hace dos años, el triunfo del presidente Álvaro Uribe mostró que este fenómeno no sólo abarcaba a Bogotá, sino que se había generalizado a tal grado que sacudió hasta los cimientos todo aquello que se daba por cierto en materia de estadísticas electorales. Lo verdaderamente importante de esto es mostrar que, de manera evidente, el país está en condiciones de hacer juicios de valor que le permitan diferenciar entre la manera en que percibe la realidad, y aquella que los medios pretenden venderle como realidad.

El mejor ejemplo de ello son los resultados arrojados por el Foro de El Tiempo en el cual, de modo tendencioso, se le preguntó a la gente a quién no quería ver en el año que está comenzando. Los resultados no dejan de ser vergonzosos y sorprendentes; el público parece haber alcanzado un grado de autonomía en sus criterios que le llevó a señalar a Jota Mario, a Janneth Waldman, a Paula Andrea Betancourt y a Ana Victoria Beltrán (extendiéndolo a todo el elenco de Padres e Hijos) como las personas menos gratas de la televisión. Muchos dirán que este resultado no es una muestra real de la opinión de todo el país pero, si no es así, ¿qué sentido y qué utilidad tienen entonces convocar la opinión de los lectores a este tipo de foros?

El sentido crítico del país está en pleno grado de madurez mostrando que, pese al cúmulo de basura que transmiten los medios, la teleaudiencia de todas las edades, todos los estratos y todos los rincones de la geografía nacional claman por un cambio radical, un replanteamiento de lo que nos venden, y una reevaluación referente a aquello que de verdad deseamos ver en TV.

El ejemplo más patético lo configura en esta escala de valores la muestra de producciones, seriados y telenovelas que en la actualidad se transmiten. ¿Qué pasó con el sentido creativo, original y trasgresor que empezaba a ser reconocido como el sello de lo “Made in Colombia”? Los actuales índices de audiencia muestran que la gente ya no elige, como en épocas pasadas, la mejor opción de un canal, sino la “menos peor”, optando incluso por producciones que sólo son dignas de crítica severa.

A mediados de los noventa, para citar un ejemplo, podíamos elegir entre dos excelentes producciones a la hora estelar, Café con Aroma de Mujer o Las Aguas Mansas. En aquellos días era una verdadera tortura china elegir entre una de ellas por la impecable puesta en escena, las excelentes actuaciones soportadas en elencos de verdaderos actores y no simples starlettes, que daban peso y credibilidad a creaciones literarias inusuales y difíciles de clasificar. Al final, la pelea la ganó sobrada la historia contada por Fernando Gaitán, pero no por ello se puede desdeñar Las Aguas Mansas.

Los famosos estudios de mercado global de televisión, referente a las preferencias en materia de historias han sido desvirtuados, una y otra vez, por algunas pocas historias presentadas en este año, sea por aprobación o por rechazo ante las mismas. La gente está cansada, saturada y literalmente hastiada de ver tanta basura, y la manera de demostrarlo es cambiando de canal hacia historias extranjeras, series enlatadas de canales de cable, como Fox, Sony y Warner Channel entre otras y, pese a eso, los canales nacionales siguen presentando de modo inmisericorde las mismas historias desgastadas, involucionando el concepto de televisión con calidad que tantos años tomó crear.


Segunda parte

El primer campanazo de alerta debiera ser lo que ocurrió con el canal Fox, tal y como lo publicó El Tiempo, y un reality que tuvo que ser archivado, pese a la gigantesca inversión que requirió, sin que por ello el público soportara su decadente formato. ¿Acaso se ha acabado el morbo de los televidentes, requisito indispensable para sostener al aire un reality? En lo absoluto. Tal y como lo expresan sin excepción todos los críticos y analistas de televisión que estudian el formato, el morbo del ser humano por conocer la vida íntima de sus semejantes es tan antiguo como la vida misma y, por ende, tan absurdo de desterrar como el concepto mismo del bien y del mal. De hecho, no encuentro nada de malo a que los productores de televisión aprovechen ese enorme filón para enriquecer sus historias y obtener con ello los índices de audiencia deseados. Pero desgastar, saturar, hostigar y cansar al televidente no tiene nada de gracioso. No se necesita ser un experto para comprender que existen maneras infinitas de contar historias creíbles, lógicas, coherentes y humanas, pero haciéndolo de una manera fina, respetuosa para con el televidente.

Al final, ¿qué es lo que hace que todos deseemos ver los realities? No es sólo el hecho de que sean figuras reconocidas quienes participen en ellos (eso es sólo un gancho adicional, pero no es definitivo). Se supone que es también el hecho inherente de ver a un semejante sometido a una situación inusual en la cual uno pueda sentirse identificado y pueda tomar partido por uno u otro participante, sintiendo que esa persona es un reflejo (bueno o malo) de la consciencia propia. No sé si logro expresar claramente esta idea, pero de lo que se trata es de ponerle un nombre a ese factor de heroicidad que eventualmente algunos participantes pueden presentar en sus reacciones y que hacen que ellos se acerquen al espectador de a pie con las personalidades tan dispares que puede reunir un reality.

¿Necesariamente tiene que ser un programa con formato de reality? Opino que no. El esquema como tal está tan desgastado que existen pocos ejes temáticos que puedan atrapar de verdad al televidente, y los factores comunes que enlazan al público con dichos formatos está presente en todos ellos, independiente del tipo de reality. No importa si se trata de Simple Life, Big Brother, The Practice, The Bacholerette, o Survivor; no, de lo que realmente se trata es de ese indefinible sentimiento de hermandad que emana de la pantalla cuando uno de los participantes ‘muerde el polvo’de la derrota, o cuando por el contrario, se impone la integridad, la astucia, sagacidad, estado físico, el sentido común o cualesquiera sea el valor moral o personal que consideremos digno de respetar.

¿Es necesario entonces que contar una historia que tenga estos componentes sea en formato de reality? No. El público ha expresado de mil modos que está cansado y que tanta ramplonería y ordinariez tiene un límite. El vigilante de cuadra que se emocionó cuando Jaider Villa se impuso a Daniel Arenas (la lucha de clases); las madres de familia de todos los estratos que lloraron cuando salió Adriana Silva por las intrigas y manipulaciones de Ana Karina, Ximena Córdoba y Carolina (lucha del bien sobre el mal), aquellos que se excitaron y tomaron partido por el Pibe Valderrama frente a un participante paisa beligerante, etc. Todos ellos finalmente comprendieron que los diferentes formatos tienen un solo fin: mostrar el lado más desagradable de la naturaleza humana, y ya comprendieron qué en realidad, tal y como lo planteó la novela El Auténtico Rodrigo Leal, todo ello forma parte del show, y que en ese camino se juega con el sentido crítico del televidente, y comprender eso no tiene nada, absolutamente nada de gracioso.

Al fin de cuentas esas historias de las que hablo más arriba tienen los mismos ingredientes que tienen todas las historias que se han escrito de Shakespeare hasta nuestros días. Amor, bondad, envidia, celos, avaricia… ¿qué pueden tener de novedosas esas emociones? De lo que se trata, y aquello por lo que propugna la lógica y el sentido común es retomar los ingredientes que dichos esquemas aportaron al sentir común, aprovecharse de ellos, pero sacudirse de ese karma y hacer televisión que pueda ser vista (y apreciada) por todos los estratos, todos los niveles de escolaridad y todos los grados de apreciación, sin decaer en el intento y sin caer en intentos facilistas, inmediatistas, amarillistas y efectistas, y sin que se tenga que sacrificar por ello el sentido de la calidad artística.


Tercera parte

Nunca he logrado entender porqué el camino evolutivo de la creatividad en la televisión colombiana se detuvo de modo tan increíble y se cayó en tantos y tan crasos errores. Pienso que sólo se tienen que ver los ejemplos de la televisión mundial que acaparan los más altos índices de audiencia para comprender qué es lo que la gente desea ver, y cuál es la manera correcta de sintonizar este sentir con nuestra realidad colombiana.

A los televidentes no les molesta que se toque de modo frontal la sexualidad, con todas sus múltiples variantes. Lo que les molesta es la ordinariez y la falta de finura. ¿Quién no ha visto Sex and the city? ¿Qué es lo que atrapa de esta serie? El desparpajo, la frescura y sobre todo, honestidad. Honestidad para hablar de aquello que realmente aman las mujeres: sexo, zapatos Manolo Blahnik y hombres (en ese orden exacto); honestidad para tocar los más íntimos y corrientes sentimientos de hombres y mujeres sin buscarse situaciones fantasiosas y caricaturescas. Si algo tiene esta serie es cotidianidad. Si bien es cierto que el 80% de las mujeres de la tierra no compran zapatos de Manolo Blahnik; no tienen dinero para suscribirse a Cosmopolitan, y no tienen una vida tan glamurosa como las de sus cuatro protagonistas, el 98% de las mujeres quisieran tener la misma vida de ellas. El 2% restante no anhela esa vida simplemente porque ¡ya la tiene! A los hombres también nos encanta ver esta serie, y nos encanta la manera en que somos mostrados en la serie. De hecho, ya quisiéramos tener unas vidas tan interesantes como las de Mr. Big, Spencer y los múltiples amantes de Samantha.

¿Otros ejemplos de lo mismo? Esta fórmula, salvo raras excepciones, es la misma que siguen otras exitosísimas series: Will & Grace; Desperate Housewives; Friends, y las constantes repeticiones de Melrose Place y Ally McBeal. Todas comparten ingredientes comunes: sentido fino del humor; elegancia, y un honesto y frontal sentido de realidad sexual.

Y para qué seguir… La televisión por cable está llena a montones de ejemplos. ¿Qué les pasa a los productores colombianos que temen mostrar la realidad de las mujeres en la televisión? Los personajes caricaturizados interpretados por Isabella Santodomingo, Catherine Siachoque y Lorena Meritano sólo provocan rechazo, fastidio y vergüenza ajena. Y lo peor es que cuando, por fin se deciden a copiar un enlatado gringo, traen un bodrio como Casados con Hijos. ¡Por Dios!


Cuarta parte

Nadie cree en extremos radicales de bondad o maldad. Salvo escasísimos ejemplos, que rara vez pueden ser apreciados en la geografía latinoamericana, la gente buena-buena (como el Presidente Uribe) es bastante escasa; y la gente mala-mala, esa que mata a una persona diaria antes del almuerzo (como Grazia Fontana), es menos habitual aún. La Madre Teresa de Calcuta¸ Nelson Mandela, Luz Clarita, y Mauricio Vargas Linares, todos ellos en un extremo, y Adolfo Hitler, Idi Amín Dadá, la condesa Erzbeth de Transilvania y el ex ministro Fernando Londoño, en el otro extremo de la balanza, son rarísimos ejemplos de extrema bondad o maldad que es más atribuible a improbables fallos genéticos o, en su defecto a condiciones astrológicas excepcionales (como en el caso de Mauricio Vargas, que nació cuando el sol estaba en la octava casa de acuario). Lo corriente, lo normal, lo habitual, son las personas ambivalente, llenas de defectos, pero también de virtudes, la gente contradictoria, y más que nada HUMANA. Los seres que se encuentran en la gama de grises, más que en un extremo de la blancura inmaculada de Topacio (incapaz de matar una mosca, ni siquiera en defensa propia) o la oscuridad absoluta de una conciencia negra como el petróleo.

En resumen, lo que intento evidenciar aquí es la necesidad de mostrar personajes creíbles, lógicos y con alma de terrenales. Si algo le regaló Fernando Gaitán al país, fue precisamente eso: una protagonista que tomaba aguardiente directamente de la botella, con un sol de mediodía, y en una tienda de barrio (espectáculo por demás vergonzoso, pero con un raro atractivo por ser la Gaviota la infractora de las buenas costumbres); otra protagonista con dudas de conciencia, dispuesta a aceptar un soborno; y antagonistas (que de ningún modo pueden ser vistas como villanas) tan verosímiles como las mujeres de la familia Vallejo (haciendo uso de su poder adquisitivo y su influencia social); Marcela Valencia, una mujer despechada, lastimada y herida pero muy, muy justificable y digna de respeto; y finalmente, una soberbia, odiosa y fascinante trepadora como Patricia Fernández, a la que le quitan el carro, le toca andar en bus, e incluso le llegan a cortar el agua y la luz.

Las Normas Elizondo, Lucianas, Viudas de la mafia, Carmen Morenas y demás protagonistas femeninas son tan improbables como las hadas Banshees (incluso más, diría yo); personajes de una bondad respulsiva, semejante a la que se experimenta después de comerse un tarro grande de leche condensada. ¡Adoramos los matices! ¿Acaso no vieron Xica Da Silva, Mirada de Mujer, Betty la Fea? El mayor mérito de estas protagonistas no fue precisamente su bondad a toda prueba; fue su mirada real y limpia al alma de la mujer, que hizo que millones de mujeres en toda las latitudes se sintieran plenamente identificadas con sus conductas, que no siempre fueron ejemplares. Por el lado de los hombres es más patético y decadente el espectáculo. ¿En dónde se pueden hallar esos personajes estúpidos, mezcla del bueno de Abel (el de la Biblia) y más tontos que Natalia París? En la geografía nacional cada día se encuentran menos. ¿Somos ordinarios? Sí. ¿“Cachoneados”? casi siempre. ¿Explotados y explotadores? Esa es nuestra marca de fábrica. ¿Pero idiotas, memos y débiles de carácter? ¡Jamás! ¿Cómo pretenden que el hombre promedio vea una novela y se sienta identificado con Juan Reyes y sus hermanos poco dotados neurológicamente hablando?

Y por el lado de las villanas y villanos, el camino es igual de estéril. Las verdaderas villanas son aquellas cuyos actos están justificados, cuya sexualidad es usada como arma (¡claro que sí!) y no tienen reparos de conciencia para despachar a cualquiera, pero que también tienen débiles matices de bondad, de humanidad y de sentimientos buenos, que finalmente planteen un reto para el espectador en saber si amarlas u odiarlas. Finalmente debieran odiarlas, claro (si no, no tendrían sentido), pero que sean también admiradas. Alexis Carrington (el arquetipo mundial de la mala glamurosa); Amparo Grisales en En Cuerpo Ajeno y Las Hinojosas (la mala lujuriosa); Glen Close en Atracción Fatal (la mala despechada)¸ Kathy Bates en Misery (la mala obsesionada, irracional); Winona Ryder en Las Brujas de Salem (la mala mentirosa y manipuladora) y Sharon Stone en Basic Instinct (la mala de altísimo IQ), son sólo una muestra muy chica de las mujeres más fascinantes que optaron por el retorcido y poco transitado camino de la maldad extrema, pero que al momento de ser creadas y recreadas nos fueron presentadas como personajes reales, comunes y corrientes, y coherentes. No caricaturas de poca monta como Catherine Siachoque y sus repetidas interpretaciones de sí misma.


Quinta parte

A nadie le resultan creíbles (y mucho menos fascinadoras) las historias de fortunas incalculables y millonarios que no alcanzan a contar cuánta plata tienen. Quizás en otras épocas, de menos crisis económicas causadas por las injusticias sociales y demás, tuviese algo de interesante saber que había en la tierra gente con tanta plata que cien manos no alcanzaban para contarla (como el personaje de John Forsythe en Dinasty), y cuyos únicos problemas en la tierra eran conseguir la esquiva felicidad con Kristle, y deshacerse de la malévola y maléfica Alexis. Pero hoy en día, con la mitad del pueblo colombiano ganándose un sueldo de hambre, sin saber de dónde saldrá la plata para el próximo par de zapatos y con los hijos medio nutridos; con las calles llenas de desplazados, con tres Estados o sistemas judiciales a elegir (AUC, FARC y “Patria”), no es precisamente un espectáculo muy gracioso y que genere simpatías ver a los Elizondos y demás bisoños personajes creados por los libretistas colombianos. Si bien es cierto que tampoco deseamos que nos hablen todo el tiempo de guerras y masacres (también para eso tenemos un límite, bastante bajo por cierto), NO queremos que nos muestren gente cuya única problemática en la vida es el amor. Deseamos (y me incluyo) personajes que nos enseñen cómo hacer para sobrevivir en la vida real (eso sí sería un verdadero reality); cómo enamorarse, casarse y sobre todo convivir, y no optar por la separación, ¡y no morir en el intento. Deseamos ver en TV gente común y corriente, que coma (en la TV nacional, la gente parece que jamás se alimenta); que vaya ocasionalmente al inodoro, que se lave los dientes, que tenga que usar desodorante, que tenga hijos con síndrome de Down y problemas renales; que tenga que pagar el agua, el gas, la luz y el teléfono y el sueldo les alcance y, encima, puedan tener espacio en sus vidas para el buen humor. Eso sí sería televisión real, y no ver los dramas tontos y vulgares que implica dejar sueltos en el mismo escenario a gente como Paula Andrea, Isabella, Marlon y el Pibe Valderrama, todos ellos ejemplo de la más crasa ramplonería, mediocridad y nadería, corriendo para alcanzar una pelota en una isla paradisíaca (no le veo a esto nada de real).


¿La propuesta?

No se trata de hacer apologías a la mala moral y a invertir y tergiversar los valores morales tradicionales. La verdad es que Marilyn, como la fufurufa que aspira a señora decente, arrasando de paso con un marido ajeno, no me inspira ni cinco de camaradería; Luna la Heredera sólo provoca fastidio y una cierta vergüenza ajena; Luciana (pobre Paola…) es la muestra de lo bajo que puede caer un libretista exitoso como Fernando Gaitán y el harakiri de una figura querida como Paola Turbay. Carolina Gómez no alcanza a generar ni la millonésima cuota de simpatía que estoy seguro que generarían las verdaderas esposas de los Rodríguez, los Escobar y los Lehder, sin que ellas tengan ni la mitad de las curvas de nuestra exreina. No se trata de que todas las historias de “victorinos” nos encandilen: si bien me gustaba Pandillas, por mostrar con crudeza la realidad ‘parcera’ de nuestra juventud, no mostraba un modelo conductual definido para superar este flagelo.

Abogo por protagonistas de carne y hueso; que si consiguen fortunas, lo hagan a punta de trabajo y sudor, no ganándose 300 millones por comer lagartos o sanguijuelas y malhablando de sus compañeros de reparto o encamándose con el Tino Asprilla frente a las cámaras (esto provoca sólo envidia, y de la mala). Preferiblemente, que estén del lado correcto de la ley y, si no es así, muestren conductas que hagan al espectador concentrarse en su lado humano más que en la remanida y desgastada polémica acerca del bien y del mal. Hombres y mujeres que asuman con franqueza su sexualidad (¡y la disfruten!), pero sin ir haciendo alarde grosero de la misma; personajes con defectos físicos y cuyo aspecto tenga algo de “imperfecto” que acerque al espectador y le haga sentirse identificado.

Para quien piense que nuestro único interés es ver belleza en la tele, tengan en cuenta esto: la carismática Julia Roberts, la fina y sexy Sarah Jessica Parker, la madura y serena Susan Sarandon, la inigualable Meryl Streep, la majestuosa Glenn Close, la magistral Fernanda Montenegro, la versátil Gloria Pires, la morocha Thais Araujo, la inclasificable Victoria Abril… ¿qué tienen todas ellas en común? Que no son bellezas absolutas. Muchas, ni siquiera alcanzan a ser postuladas al título de atractivas, pero al subirse a un escenario o pararse frente a las cámaras logran lo increíble: enamorarnos y hacer que las veamos tan bellas y cercanas, como jamás lo harán Catherine Zeta Jones, Gwynet Paltrow o Halle Barry, todas ellas bellezas esplendentes. Incluso la escultural Charlize Theron y la magnifica Nicole Kidman tuvieron que afearse para conseguir el voto definitivo que las consagrara como una actrices de carácter, y no simples starlettes, que era como casi todos las percibíamos (me incluyo en dicha lista).

Mujeres inteligentes, no como Florence Thomas o Susan Sontag, ejemplos extraordinarios del grado de desarrollo evolutivo del ser humano, pero aburridas desde el punto de vista del rating (¿se imaginan algo más aburrido que un día en vida de Florence, Rigoberta Menchú, María Jimena Duzán o Salud Hernández?). Las mujeres inteligentes sólo resultan agradables cuando tienen una vena humana que las acerque a los mortales menos favorecidos; por ejemplo ¿Florence afeitándose el bigote? ¿Salud Hernández intentando llenar el sostén con su exiguo pecho? Puede ser…

Tendrían que ser personajes polémicos como Margot Ricci, cuya lengua viperina causaba terror en sus buenos tiempos en la revista Nueva, pero que era lo único que hacía digerible ese asco de revista. Deberían ser mujeres de una feminidad a prueba de balas. Los personajes femeninos en TV deberían siempre ser más femeninos que sus hermanas de la vida real (salvo cuando se busca ex profeso crear el efecto opuesto). Darle un beso a Danna García, a Gaby Espino o a Gabriela Spanic debe ser tan cálido y deseable como dárselo a una foca del polo norte (por el frío, se sobreentiende). La verdad, puesto a elegir entre una noche con Catalina Aristizabal, yo preferiría pasarla con ese ejemplo caminante de la elegancia la finura y la “sensualidad” que es la exministra del medio ambiente Cecilia López Montaño, digno ejemplar de donaire y garbo. ¿Duda alguien de esto? Pregúntenselo a cualquiera en La W, y me cuentan…

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