Desde El Clavo escuchamos su grito

Desde El Clavo escuchamos su grito

“La vida no vale nada
si escucho un grito mortal
y no es capaz de tocar
mi corazón que se apaga.”

Hoy hace cuatro años me levanté en mi apartamento del sur de Cali, como siempre, tarde. Tal vez ese día tendría clase en la noche, o tal vez estaba trasnochado, como siempre, de trabajar en el computador hasta el cansancio. No recuerdo quien me dio la fatídica noticia esa mañana pero me acuerdo de mí mismo estremecido y débil, con dolor de alma y de país, viendo desde mi cama en los noticieros del mediodía todos los homenajes y recuerdos que despedían a un espíritu rebelde más que soñó una Colombia distinta, que aprendiera a cagarse de la risa en vez de cagarse en la dignidad.

Por esos años andaba yo hablando con mucha gente que me diera luces en nuestra labor de mantener y proyectar un medio alternativo que empezábamos a consolidar y al que le descubríamos sus inmensas posibilidades pero también sus inmensos riesgos y fragilidad. Tal vez con la certeza que me sigue acompañando de que sin creatividad e imaginación más fácilmente caeríamos en el anacronismo y el olvido, me acerqué, entre otros, a personajes como Alfredo y Jaime Garzón.

Alfredo Garzón me habló de su hermano Jaime y su cómplice Antonio Morales (con quien no pude hablar porqué andaba en Francia). Revisamos algunos de los trabajos gráficos que él le había hecho recientemente al Medio Universitario de la PUJ en Bogotá así como las ediciones de El Clavo y otros impresos con propuestas graficas novedosas. Tal vez lo más impactante de mi entrevista con Alfredo fue el escenario. Me recibió en la sede de El Espectador, donde trabajaba como diseñador y caricaturista. Atravesé la planta de producción hasta encontrarlo en una sala abierta, un espacio simple con una mesa y un sofá de esos de los ochenta. Allí dejó que intercambiamos palabras y me dio la oportunidad de indagar y de masticar lentamente ideas de esas que los creativos digieren sin problema pero que uno se las pasa solo con un café expresso.

A Jaime quise entrevistarlo para El Clavo pero nunca lo encontré. Acudí a una cita en su estudio de grabación en Cenpro TV donde sólo logré cruzar unas tres palabritas con la buenona Andrea Guzmán que conocí a la entrada, y luego, dentro del estudio terminó su asistente convenciéndome de lo difícil que iba ser charlar con Jaime. Además me advirtió la astronómica suma que estaba cobrando por conferencia. Ya me había comentado alguien cercano a él que Garzón andaba medio enredado haciendo unas gestiones humanitarias que lo tenían un poco apartado de sus proyectos en televisión y hasta estaba siendo criticado y cuestionado por algunos, además de los peligros que eso le estaba representando. Sin embargo seguimos tratando de cuadrar la fecha para el evento que convocaría El Clavo en Cali teniéndolo a él como invitado especial.

Días después, ya en Cali, logré hablar con Jaime por teléfono. Lo pillé una vez a eso del medio día en el mismo estudio de Cenpro. En el fondo sólo se escuchaban carcajadas y pasó al teléfono riéndose y entre mamadera de gallo terminó por aceptar la invitación. Me confirmó el monto que cobraba por conferencia pero después de echarle el cuento acordamos que nosotros sólo nos encargaríamos de los gastos de viaje. De nuevo me dejó en tramites con su asistente, quien llevó a no feliz termino nuestra propuesta cuando me mencionó que “por sus condiciones de seguridad Jaime está viajando en avión privado”, el cual debíamos pagar nosotros ya que nos íbamos a encargar del transporte. Eso, me imagino -sin querer decir que lo de su seguridad era cuento- constituía la forma más amable de torear tanta invitación a la que él no era capaz de decir directamente que no.

Meses después, hace cuatro años, ese 13 de agosto del 99, unos sicarios pagados por alguna de las organizaciones criminales de nuestro país, apagaron su chispa creadora y mandaron al papayo a un agudo crítico político que le mamaba gallo al país en serio. Sobre todo a los que merodean el círculo del poder, a quienes a través de sus personajes invitaba a “dejarse de huevonadas” y decirle la verdad a los colombianos. Jaime Garzón nos dejó un reto a quienes nos sonó su mensaje y su propuesta. Nos dejó el desafío de hacerle frente a las problemáticas sociales y de cuestionar a los políticos y los actores del conflicto a través de armas tan poderosas como el humor y la creatividad, que desnudan al enemigo pero no lo matan cobardemente para dejarlo sin palabras. Estaba convencido de que el dialogo sincero y frentero le serviría de chaleco antibalas. Su terquedad no le permitió dejar de soñar ni dejar de dar papaya. Pero una vez más las maquinarias de la violencia prefirieron aniquilar a su interlocutor y seguir infundiendo ese mensaje de terror que le echa tierra a la posibilidad de discernir y construir.

¿Hasta cuándo?

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