Dos preguntas

Dos preguntas

Iba de la mano de un hombre de tez oscura cuando la conocí. Tenía un bastón en sus manos con el cual trataba de ubicarse en el espacio. Ella, con su acompañante, caminaban por el mismo sendero que yo seguía. De repente sentí que alguien me llamó por la espalda. “¿Puedes llevarla?, va para el conservatorio”, me dijo el hombre mientras tocaba mi hombro con su mano derecha. Le dije que sí, que la llevaría, que de hecho también iba para el conservatorio.

Así que la tomé por el brazo y empecé a caminar a su lado. En medio de la marcha, sentí curiosidad por saber qué le había sucedido, por qué había perdido la vista. Se lo pregunté sin rodeos… Y ella me respondió: “Tuve un accidente de tránsito. Fue horrible. Mi hermana murió y yo quedé inconsciente, y perdí la visión, como ves”.

Le ofrecí mis condolencias y le pedí disculpas por haber sido tan imprudente con mi pregunta. “No te preocupes” me contestó. Tras caminar unos cuantos metros a lo largo del camino de granito, llegamos al conservatorio donde Carla –así se llama la chica– estudia Música. “Me gustaría volver a hablar contigo” le dije antes de despedirme. “OK, me encuentras aquí todas las tardes” me dijo.

Desde entonces empecé a visitarla, a hablarle de Bach, de Mozart, de Beethoven. Al principio sentí compasión al verla demasiado sola, y procuré darle un poco de cariño. Pero con el tiempo me fui enamorando de ella, de su humildad, de su carisma, de la pureza de sus sentimientos, tan escasos en quienes gozan de todos los sentidos. Le regalé ositos de felpa, y chocolates envueltos en papel regalo. Susurré frases tiernas en su oído. Le escribí poemas. Y un día que la invité a almorzar le dije sin pelos en la lengua: “te amo”. Carla, sorprendida, me contestó: “yo también”. Nos dimos un fuerte abrazo. Nos besamos. Después me preguntó, pensativa: “¿tú por qué me amas sabiendo que soy ciega?”. A lo que respondí: “¿y tú por qué me amas sabiendo que no puedes verme?”.

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