El cuento de la comunicación

Suando me ofrecí para ayudar a escribir el clavitorial de esta edición 11 de El Clavo impreso, uno de nuestros asesores editoriales me recordó que “el tema editorial sigue siendo el cuento de la comunicación. Pero una comunicación contextualizada, histórica, proyectiva, respetuosa, equitativa, actual, democrática, inteligente.” Además me decía, en otras palabras, que la idea no era terminar regañando a los lectores por su escalofriante quietud, “falta de exigencia y participación en procesos comunicativos importantes para el país.” Ni tampoco a los productores de medios por tener por encima su interés económico y desconocer las diferencias, mejor dicho, por agachados ante los dueños del balón (confieso que esa parte me causó algo de risa, pues a los productores de medios nos queda imposible regañar, pues no nos leen). Para ello me proponía que el texto debería tener un aire como a coan, es decir, en sus palabras: “una respuesta desde la sabiduría que no hable de cosas explicitas y evidentes, sino que proyecten el pensamiento. Algo así como el río limpio que recibe con gozo a sus bañistas, pero que se enfurece en las tormentas…”.

De inmediato me di cuenta que yo no podía escribir ese editorial. Me la he pasado, casi sin querer queriendo, regañando a todo el mundo con mis cartas y artículos de opinión. Es evidente, y tal vez por eso el énfasis (o más bien preocupación) de nuestro asertivo asesor. Sin embargo me dio tema para empezar esta columna, que aunque (justamente o no) privilegiada en este medio “alternativo” pero regañón, parecía que esta vez brillaría por su ausencia. Además de sentirme aludido con la advertencia del regaño, tampoco se me podía pedir escribir un coan, estando tan lejos de la mencionada sabiduría. Y menos en aquel tema: “el cuento de la comunicación”. Sería como dejarse atrapar por los abrazos del limpio río a sabiendas de sus enfurecidas tormentas.

Medios como estos se ufanan de alternativos y de generadores de opinión. Y no digo opinión pública por qué eso suena demasiado masivo y no sería consecuente con los tres pelagallos que nos leen en la Javeriana y los otros cuatro amigos que nos leen desde el exterior por Internet. De todos modos la generación de opinión pública debe reivindicar su derecho a regañar. Así como los medios alternativos deben también reivindicar su derecho (y deber) a una comunicación contextualizada, histórica, proyectiva, respetuosa, equitativa, actual, democrática, inteligente.

Contextualizada e histórica. El presente (completo e integrado) y el pasado (integro y verdadero). Imaginase hablar de contexto en un país descontento con su realidad. Los colombianos no tenemos ni idea de nuestro contexto, es decir, de nuestro verdadero contexto. Sabemos que vivimos en un país donde no estar secuestrado es todavía ser privilegiado, pero no sabemos a qué juegan los secuestradores, los anti secuestradores, ni las demás fuerzas legales e ilegales que juegan a la guerra. El contexto es algo lejano para los campesinos que no logran vender sus cosechas a menos que sean de coca o amapola. Es algo lejano para los vendedores ambulantes que huyen de los bolillazos de los policías. Y es una palabra que no existe en el diccionario javeriano, pues ser javeriano es educarse fuera de contexto. Pero no sólo eso. Imaginase hablar de historia en un país sin memoria. Y mucho menos en una universidad donde la memoria está dirigida por los joint ventures, los business plans, el empowerment, el target market y el Boston Consulting Group.

Si hay algo en el inconsciente colectivo colombiano es la capacidad para vivir en descontexto. Yo no creo que sea por falta de capacidad mental pero más bien por un estúpido exceso de adormecimiento mental. En cierto modo esto podría ser una ventaja de vida, pues está directamente relacionado con la capacidad de vivir sin complicarse la cabeza.

Tratar de entender el conflicto colombiano puede llegar a ser más complicado que capacitarse para desempeñar una profesión que permita la continua y aburrida (aunque no digna en la mayoría de los casos) supervivencia. La Comunicación tiene no solo la capacidad sino la obligación de influir directamente en esa búsqueda de contexto. Pero la gente tiene también no solo el derecho sino la legitimidad para exigirle a los productores de medios lo contrario, es decir, lo light, lo descomplicado. Es aquí donde se crea el bonito pero difícil reto para los comunicadores: influir en la formación de conciencia ciudadana de una audiencia que le mama gallo a su realidad. La respuesta estaría necesariamente por los lados de la creatividad. Pero pocos han asumido el reto de andar por esos ingratos caminos. La industria creativa termina siendo absorbida por los monstruos del mercadeo, quienes se rigen por sus millonarios reportes anuales de ventas. Para la muestra botones como el Aserejé, la peruana Laura Bozzo, o para no ir tan lejos, los mompirris de Pedro el Escamoso bailando el piruliru.

Para tener una comunicación proyectiva se necesitaría un buen contexto actual e histórico. Así que la rueda se empieza a enredar aun más. Al tratar de desenredarla yo asociaría esa proyección con una buena visión. O sea una comunicación visionaria. Hace un par de años, cuando un académico que terminó siendo político le dio a su movimiento el nombre de visionario, sus opositores dijeron que esa palabra sonaba a atribuciones metafísicas, y terminaron hasta recordando a Regina 11. Eran excusas para criticar, pues no es difícil entender la palabra visión como la búsqueda o capacidad de actuar y planear con sentido de futuro, con conciencia del largo plazo. Sin embargo le queda a uno la sensación de que proyectar o visionar en Colombia y acertar, terminaría siendo un acto casi mágico, sobrenatural.

Nuestro asesor editorial nos dio amplio tema para reflexionar. Pero nuestro director no nos daría tanto espacio en el impreso para el debate. Así que invito a seguirlo a través de este espacio de elclavo.comm: ¿Usted qué piensa? (escríba a: opine@elclavo.comm). La continuación será empezando la reflexión sobre una comunicación democrática, equitativa, inteligente y audaz.

Esperemos que el regaño no sea tan descontextualizado e irrespetuoso. Aunque habría pocos regaños respetuosos, pues el regaño es débil frente a los encantos del irrespeto. Pero más allá de eso vale la pena seguir jugándosela por aceptar el reto de una comunicación creativa y con visión, aunque sea difícil no sucumbir a la seducción del descomplique y la debilidad de la pereza mental.

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