El emperador que venció a los Jedi

El emperador que venció a los Jedi

Recuerdo que cuando salí de ver Star Wars II: La Guerra de los Clones había algo que me molestaba. Particularmente me chocaba la forma cómo el senador Palpatine había manipulado los problemas para aparecer como el único mesías capaz de usar el poder para salvar a la República.

En resumen, la cosa fue así: varias provincias se rebelaron contra el senado de la República argumentando que los Sith (enemigos de la República y de los caballeros Jedi) se habían infiltrado entre los senadores. Ante semejante amenaza, un senado atemorizado depone al viejo Canciller y le da plenos poderes a un reluctante y abnegado senador Palpatine para que mantenga unida a la República por cualquier medio necesario. En ese momento, los caballeros Jedi descubren que un ejército de clones ha sido armado en secreto supuestamente por órdenes suyas, cuando en realidad no tenían ni idea del proyecto ni habían pagado la primera factura. ¿Quién dijo miedo? Ahora el nuevo Canciller Palpatine tenía los medios necesarios para someter a los rebeldes. Todo esto suena muy patriótico y consistente con la abnegación que exhibía el senador, hasta que uno se da cuenta de que quien instigó la rebelión y pagó los clones fue el mismo Sith que se infiltró en el senado y acabó con los Jedi: ¡nadie menos que el propio Canciller Palpatine!

Lo que me molestaba tanto del personaje no es que fuera producto únicamente de la imaginación de George Lucas, sino que su estrategia había sido usada con gran efectividad durante siglos por gobernantes sin escrúpulos en el mundo real. Tan efectiva ha sido esta estrategia, que fue recogida por Nicolás Maquiavelo en El Príncipe, hace casi 500 años: “Un Príncipe sabio debe, cuando tenga la oportunidad, fomentarse con astucia alguna oposición a fin de que, una vez vencida, brille a mayor altura su grandeza”.

Sin embargo, lo peor de todo es que esta estrategia parece estar plenamente vigente entre los políticos de nuestra época. El ejemplo que se me viene a la mente de inmediato es el de un George Bush que vende al pueblo norteamericano la idea de que Saddam Hussein es por lo menos tan malvado como un Sith, directo responsable del ataque a las torres gemelas y un peligroso terrorista con armas de destrucción masiva. Nadie dice que Hussein fuera un angelito, pero es que Bush manipuló hasta tal punto la percepción de los gringos tenían de él, que ante semejante “coco” no pocos gringos pensaron que el peligro era letal e inminente y que el único capaz de conjurarlo era quien se los estaba vendiendo. Cuando los medios del mundo destaparon las mentiras sobre las supuestas armas de Hussein, su falta de vínculos con Al Qaeda y los esfuerzos del gobierno por desviar las investigaciones, quedó en evidencia la manipulación descarada de los informes de inteligencia y de las noticias para movilizar a la opinión pública del Imperio a marchar hacia una guerra que creyeron rápida y sin dolor. Para ese entonces ya era demasiado tarde: el petróleo de Irak ya estaba fluyendo hacia el Imperio, los contratos de reconstrucción del país ya estaban en manos de compañías norteamericanas y los contratos de armas y suministros eran usufructuados por amigos del vicepresidente. El emperador había logrado su cometido.

Años después de “ganada” la guerra en Irak, no es posible negar que la aventura de este moderno “príncipe” acabó en tragedia, pero la manipulación en el imperio ha sido tan efectiva que ni esto ni los escándalos impidieron que Bush resultara reelegido. No puedo evitar pensar en Maquiavelo y en lo orgulloso que se sentiría de ver lo bien que han aprendido sus lecciones.

En Star Wars la suerte está echada. Los Jedi serán aplastados por el nuevo Emperador y Anakin Skywalker se convertirá en Darth Vader a su lado. En nuestra realidad, sólo espero que algunos Jedi contemporáneos puedan ver más allá de las mentiras y encontrarme al Canciller Palpatine convirtiéndose en emperador en Star Wars III y no en los noticieros de nuestro país.

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