El Hotel

El Hotel

He llegado a casa y no he dado órdenes. Faltan libros en la biblioteca. No dije nada. ¿Los habrán prestado? Alguien se los llevaría entre su bolsa. O los usaron para fines que prefiero no imaginar.

Aquí las cosas funcionan al ritmo frenético de mis padres. Las comidas se sirven a la misma hora. La puerta se cierra a las diez de la noche con toda la familia reunida o acostada. El desayuno aparece servido mágicamente cada mañana. Hay jugo de naranja y de papaya. Café o chocolate. Y huevos, mi madre siempre sabe de qué forma.

Un hotel que conoce tus gustos y cuyos propietarios se desviven por atenderte y no te cobran. Además, te ofrecen dinero cuando vas a salir.
– Lleva esto para el taxi.
– Algo más por si quieres comprar algo.

Uno de los requisitos para vivir aquí es telefonear si vas a dormir en otra casa o apartamento u hotel. Pero, mejor, es evitar pasar noches fuera. El sexo no es visto aquí como una actividad liberadora ni instintiva. Puedes hacerlo a mediodía, a la hora del almuerzo y la dueña del hotel sólo lamentaría un plato intacto y no una hija deshonrada. (O feliz).

Es preciso saber que la estadía en el hotel luego que cumples 25 años ha de ser de paso. Sus salones, sus amplios jardines, la alacena con diversos tipos de té y galletas y el helado de fresa en el freezer. La televisión por cable e Internet ilimitado podría abrumar la creatividad o sobornarla.

Puede que me aburra de tanto placer. ¿?. A lo mejor extrañe las caminatas nocturnas a lo largo de mi cama en Cúcuta, apagando un cigarrillo para encender otro y preocupada por el pago de las deudas al día siguiente. Otras veces, era el hambre el que apretaba el sueño. Cierras los ojos y como una película empiezan a pasar por tu mente imágenes de alimentos y delicias culinarias. Ahí va un pastel de chocolate, más atrás un filete. En otra escena todo tipo de bebidas y licores. Varias noches la imaginación fue la cena. Y el desayuno, cualquier cosa. Desde cualquier lugar del hotel puedes escuchar pajarillos si guardas silencio o desconectas el aire acondicionado. Desde el estudio, unas alondras aclaran su voz. Yo escribo.

El hotel permanece ocupado la mayor parte del tiempo. Desde muy temprano el teléfono suena. La radio de mi padre. Los sonidos en la cocina. Mucho más que amor se cuece en las ollas. La dueña del hotel da el aviso de un nuevo día. Qué querrá decir con eso. ¿Debo pararme? ¿Debo levantarme de la cama? ¿Salir? Y a dónde se supone que deba dirigirme. Es domingo. Mañana, quizás salga en busca de un empleo. O quizás no.

Podría holgazanear por un tiempo. Observar detenidamente de qué lado del jardín el sol se oculta. Podría ver televisión horas enteras. Bañarme por las noches y salir y escribir. Alguna vez viví de esa forma. Interesante pero malsana.

Puedo estar acá por un tiempo. Puede que me quede unos días disfrutando de buena comida con la mejor atención. Pero, mi felicidad tampoco está aquí aunque sea tan parecida que pueda confundirme.

El hotel es de paso porque tu lugar puede estar en otra parte. Habrá que buscarlo.

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