El inicio, el fin y el medio

El inicio, el fin y el medio

El proceso de toma de decisiones da inicio a toda experiencia personal y profesional en nuestra vida, salvo nuestro nacimiento, al parecer, y, en la mayoría de ocasiones, nuestra muerte. El resto del tiempo sólo decidimos. Bueno o malo. Blanco o negro. ¿Habrá decisiones que abarquen una visión no dicotómica del asunto? Generalmente y por descarte, llegamos a una situación final de dos posiciones bipolares, creyendo que entre menos por elegir, más por decidir. Si escogemos entre estas alternativas ¿qué hacemos con los puntos intermedios? ¿Por qué desconfiamos de los matices? ¿Cómo se elegiría a lo largo de los extremos?

A la par de este proceso, en nuestras acciones, pensamientos, sentimientos y omisiones definimos la prioridad de las premisas planteadas en “El Príncipe” de Maquiavelo. Las evaluamos antes, durante o después de nuestro proceder con respecto a lo que queremos, podemos y debemos. ¿Reír para ser feliz o ser feliz para reír? ¿Trabajar para vivir o vivir para trabajar? El qué está supeditado al cómo. Y viceversa. Así ha sido y será, menos en la imaginación, único lugar de libertad consciente; y en el inconsciente, lugar donde cabría todo lo posible y lo imposible sin saberlo.

De esta forma, podríamos traducir cada acción de nuestro día a día en una matriz llamada A , de m filas y n columnas; ficticia, por supuesto y bidimensional para facilitar las cosas. Sus filas representarían las decisiones, que en el peor de los casos serían la expresión del maniqueísmo: sí o no; y sus columnas el fin y el medio. La teoría de restricciones interpretaría los componentes a ij a medida que m y n aumenten de acuerdo a los elementos que agreguemos al proceso; y los valores propios y principios sociales de sus causas y consecuencias. ¿Cabría una matriz B ? Las cosas podrían enredarse.

Ahora, si todo es cuestión de decisiones y si existen o si las creamos ¿no es cuestión simplemente, entonces, de tomarlas? Al elegir, ¿las otras dejan de ser alternativas? ¿Cómo hacer para que no sean excluyentes? ¿Acaso del momento? Si nos ceñimos a cualquier definición del verbo ‘decidir’, nos damos cuenta de que su desarrollo se basa en la razón. Y por otro lado, autores como Hayashi 1, afirman que “nuestros sentimientos intuitivos guían la adopción de nuestras decisiones hasta el punto en el cual nuestra mente consciente es capaz de hacer una buena elección… Nuestros sentimientos no sólo pueden ser importantes en nuestra capacidad intuitiva, sino que de hecho pueden ser esenciales”. Esto complicaría aún más los argumentos pero ¿de qué depende que se compliquen?

Toda esta divagación, para un día habitual y complicado, sólo busca responder una pregunta que lanzaste a dúo con el destino: “¿Decides amarme?”.

1. HAYASHI, Alden M. Cuándo confiar en el instinto. La Toma de Decisiones, Harvard Business Review. Ediciones Deusto 2002.

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