El karma de estudiar Psicología

El karma de estudiar Psicología

¿No le ha pasado a usted que cuando recién conoce a un psicólogo o una psicóloga lo primero que se le viene a la mente (o le dice a la persona) es que por favor no lo vaya a analizar? ¿O cuántos cuentos no ha oído usted de la psicóloga loca novia de su amigo (si es que no le ha pasado a usted) que se complicaba la vida pensando y analizando cada situación hasta volverlo loco? A mí me tocó vivirlo en carne propia. Una vez tuve una relación con un psicólogo que terminó analizando hasta mis olvidos y ¡haciéndome reclamos por los mismos!

Hay que aclarar que todos los seres humanos sufrimos en mayor o menor medida de comportamientos obsesivos, ansiedades, angustias, miedos, etc.; llevamos nuestra propia mezcla de síntomas psicológicos que responden a la forma como nos hemos organizado en el transcurrir de nuestros años. Digamos que es un sello muy personal que, claro, muchas veces se nos convierte en una carga pesada de llevar.

Sin embargo es interesante detenerse en los curiosos comentarios que se oyen acerca del gremio de estudiantes, y hasta profesionales de la Psicología, de los que se dice son o los mas racionales y analíticos ¡o los mas desequilibrados!

A lo anterior se suma que la facultad, departamento o instituto de Psicología es con frecuencia de los más problemáticos en cada universidad. En ellos muchos profesores aparentan llevarse bien entre sí, pero esgrimen sus teorías y sus grados académicos como armas en una batalla por imponer “la verdad”, buscando además estudiantes adeptos que puedan seguir su culto a dogmas académicos sin cuestionamientos. ¿Qué nos pasa entonces? ¿Es que esta disciplina también se convierte en un karma? ¿En dónde se pierde el sentido de esta profesión? ¿No se supone que los profesionales en Psicología deberían poder entender las relaciones humanas?

Haciendo un recuento de mi historia como estudiante de Psicología recuerdo haber vivido las propias ansiedades de recorrer mi vida a la luz de las teorías freudianas… y más aún de tratar de no evidenciar mis sintomatologías para evadir el análisis de mis compañeros (quienes también estudiaban los modelos de comportamiento del ser humano).

Ahora que lo pienso, fue una paranoia grupal, al estilo de las películas de Hitchcock (hasta puedo ir la musiquita propia del momento). Tal vez por esta razón no fuimos un grupo muy unido en nuestra época, a diferencia por ejemplo de los estudiantes de Biología, que eran fáciles de reconocer y que agenciaban pequeños grupos de estudio, de paseos y parranda. No sé si ahora pase igual; hablo de unos años atrás.

Pues bien, pienso que el ejercicio de la Psicología debe trascender al uso personal que hacemos la mayoría de sus seguidores, al querer armarnos con sabias teorías psicológicas o psicoanalíticas para defendernos como grandes espadachines ante nuestros semejantes. Y no somos diferentes a las demás personas en este sentido; cada cuál tiene su propia forma de protegerse. Sin embargo, la Psicología como disciplina pone a la mano la mejor herramienta para la racionalización; y qué mejor arma que ésta. Quien no se haya sentido extasiado al decirle al otro “te estas proyectando” ¡que tire la primera piedra!

Pienso que ser un buen psicólogo es poder saber conscientemente que el ejercicio de la Psicología hace parte del propio sentido de la vida, del gusto por trabajar en ella, mas allá de utilizarla como coraza protectora. Los que ahora lo sentimos sabemos de qué hablamos y también sabemos que no es un proceso sencillo, pues algo en nuestro interior nos motivó a buscar en esta disciplina respuestas a nuestro sentir y padecer.

Sin embargo haber podido ir mas allá de nuestras sintomatologías psicológicas nos despejó el panorama para apreciar una hermosa disciplina que puede aportarle al ser humano en estos tiempos de tremendas dificultades.

A manera de conclusión pienso que toda elección de una carrera, ocupación u oficio es válida en la medida en que puede ser una propia búsqueda de quién es uno. Sin embargo, tal elección adquiere sentido cuando se convierte en una real opción de construcción de nuestra identidad (de “ese soy yo”).

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