El próximo bocado

El próximo bocado

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Un festín del infierno

Entorno al fuego, José, el guía, comparte una historia a la pareja, Gerardo y Virginia, en su segunda noche de camping en Chorro de Plata:

—Cuentan en Pance que años atrás un hombre invitó a una pareja al río. Era la pareja ideal y esto lo carcomía: la envidia, dicen, es el peor de los venenos. Los llevó hasta una cascada donde simuló dormirse, esperando que se desnudaran y se amaran para actuar.

Virginia siente rugir su corazón al compás de la cascada tras ellos: la oscuridad velándola. Se apeñusca contra Gerardo aferrándole la mano.

—Cuando vio su oportunidad, se levantó sigiloso, encontró una roca filuda y se acercó de puntillas hasta el pozo de la cascada donde la pareja se amaba de pie. Cada gemido exaltaba su ira. Cada señal de placer enrojecía y enturbiaba su mirada. Cuando estuvo de frente, permaneció pétreo observándolos: retratándolos. Quizá por la blanca fijeza de la mirada, la muchacha se percató de su presencia y gritó, pero el hombre la silenció con la piedra. El novio quedó paralizado al ver a su novia resbalarse entre sus brazos para luego flotar inerte boca abajo: antes de que reaccionara, el hombre lo descalabró. La pareja flotó sin vida sobre el turbio y escarlata espejo de la luna plena.

 

"Entonces sacó la navaja suiza paterna y, pacientemente, los desmembró. La sangre que salpicó en su boca despertó su canibalismo."

 

José pausa para empinar la caneca medio llena de ron, se la pasa a Gerardo y continúa:

—Los cargó al hombro hasta un lugar recluido. Como carecía de pala, demoraría eternidades en cavar una fosa común. Entonces sacó la navaja suiza paterna y, pacientemente, los desmembró. La sangre que salpicó en su boca despertó su canibalismo. Hartó muslo femenino y pescuezo masculino. Sin embargo, pronto llegaron los perros salvajes atraídos por el olor ferroso de la sangre. Se mostraron agresivos a pesar de que él les ofreció una parte: ellos querían el botín completo y lo acorralaron en un peñasco, donde saltó al río del fondo. Los del pueblo dicen que merodea impune, pues ni en brigada hallaron rastro… Por cierto, también dicen que éste es su lugar predilecto.

Virginia gime empavorecida. Gerardo la abraza, estudia el entorno con risa nerviosa y le pregunta a José:

— ¿Seguro es aquí?

— ¡Segurísimo!—aúlla José, saltando como jaguar para enterrar la piedra filuda en la frente de Gerardo.

Virginia chilla y corre por el bosque espeso. José la sigue parsimonioso, guiado por las huellas sonoras. Sonríe sardónico al reconocer hacia dónde va.

Virginia llega a una cornisa que revela el valle blanco bajo la luna llena. Con carcajeo maníaco, José arrincona a Virginia hasta que su talón desprende piedrecillas al vacío. Él se deleita con su tembloroso nerviosismo: olfatea la ansiedad de Virginia ante el abismo.

José amaga con saltarle encima y ella reacciona dando un paso atrás. Virginia surca los doscientos metros hasta la cueva de los perros quienes acuden ante el estallido seco:

— ¡Ahí tienen, queridas bestias, gócense hasta el tuétano!

Y así sella su convivencia hasta el próximo bocado.

Autor:

Felipe Robayo