Eragon

Eragon

Si bien es odioso comparar historias cinematográficas, también es inevitable hacerlos cuando la única sensación que deja la cinta es: “esto ya lo vi en otra película”, y lo que es peor aún: “lo vi mucho mejor”. Con “Eragon“ pasa algo así, pues al salir de la sala de cine es necesario comentar –o por lo menos pensar- qué hay de nuevo en esta otra trilogía épica, que no hayamos visto en “El señor de los anillos”. Vuelvo y repito, la cuestión no es comparar, pero cómo no hacerlo si desde que salió la película basada en los libros de J.R.R Tolkien, no han hecho otra cosa que hacer filmes de a tres entregas, que se basan en historias de libros, con la desgracia de no tener el mismo éxito de la predecesora.

En esta primera entrega, el relato nos cuenta la vida de un joven que, mientras se encuentra de caza en el bosque, se topa con una llamativa piedra azul que intenta cambiar por alimento en una tienda del pueblo. Sin embargo, lo que en realidad ha encontrado es un huevo de dragón, descubriendo entonces el pasado de la tierra que habita, de la que él es la única esperanza para derrotar al rey Galbatorix y a sus aliados.

En esta cinta desde las interpretaciones, pasando por los escenarios y la historia, terminando con los efectos especiales (exceptuando la hermosa dragona Saphira), todo es precario. Igualmente, se nota un afán (no sé si de FOX o del director) por contar los sucesos contrarreloj, haciendo que el espectador eche de menos la profundización en el pasado de algunos de los personajes, lo cual hubiera alargado el metraje de la cinta hasta las dos horas.


Dirección:
Stefen Fangmeier.
Estados Unidos.
2006.

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