Ética en el cine y representación de la violencia

Ética en el cine y representación de la violencia

A propósito del filme “ La Pasión del Cristo” de Mel Gibson

Uno de los argumentos de la crítica negativa contra la película “ La Pasión del Cristo” es la violencia manifestada en los ríos de sangre que fluyen de su protagonista, y que salpican tanto a sus verdugos como a sus seres queridos. Su guión se basa en varios documentos bíblicos y en otro muy posterior de carácter místico. Los bíblicos corresponden a los cuatro Evangelios escritos durante la segunda mitad del primer siglo de la era cristiana, y a una profecía del Antiguo Testamento (Isaías 50,6; 52,13-15 y todo el capítulo 53) redactado durante el destierro de los judíos en Babilonia, entre los años 580 y 540 antes de Cristo.

El escrito posterior corresponde a las meditaciones de la religiosa agustina Ana Catalina Emmerich (1774-1824) -quien durante su enfermedad, desde 1813, le comunicó sus visiones al poeta alemán Clemente Brentano-, cuya versión castellana ha sido publicada bajo el título “La amarga Pasión de Cristo”.

Es éticamente válida esta representación de la crueldad a la que fue sometido un ser humano que para la fe cristiana es la revelación salvadora de Dios? A esta pregunta es preciso responder que lo éticamente inválido no es la representación de la violencia sino su apología o la magnificación del crimen como algo atractivo y recomendable. En la historia del arte no son pocos los ejemplos de representación de lo violento que han merecido un reconocimiento universal por su valor estético y moral y que justamente evocan acontecimientos mostrados como rechazables. Eliminar tales obras porque muestran violencia sería una violación al patrimonio cultural de la humanidad. De hecho, no pocas representaciones de Jesucristo sufriente en imágenes como las del “Ecce Homo” (“He aquí al Hombre”, en la versión latina de los Evangelios), las de Jesús caído o las del Crucificado y su corazón herido por la lanza y derramando hasta la última gota de su sangre, son no solamente formas válidas de expresión de la fe cristiana, sino también reconocidas obras del arte religioso.

Entonces, ¿por qué se rasgan las vestiduras quienes critican la película por el hecho de evocar la Pasión de Cristo casi tal como realmente debió de haber ocurrido? Y digo casi, porque algunas secuencias como la flagelación y la crucifixión no corresponden completamente a la fidelidad histórica: según la costumbre de la época el número de los azotes no pasaba de 39 (de por sí ya suficientes para ser una tortura horripilante), y la caída de la cruz con Cristo clavado en ella y otros detalles cruentos son producto de la imaginación del autor.

Sin embargo, y no obstante otras inexactitudes como la confusión de María Magdalena con la prostituta arrepentida y con la adúltera que iba a ser apedreada, el relato de Gibson es una invitación a contemplar la Pasión de Jesucristo y a meditar en su significado, solidarizándonos no sólo con el Cristo sufriente de hace veinte siglos, sino con todas las víctimas de la violencia. Entre ellas, por ejemplo, los seis millones de judíos cuyo holocausto ha sido denunciado sin paliativos y con razón en múltiples obras literarias y cinematográficas, así como muchísimos otros seres humanos torturados y masacrados en todas las formas que ha revestido y sigue revistiendo la insensatez de la injusticia y la crueldad humanas, incluso invocando el nombre de Dios desde concepciones fanáticas que desfiguran lo que éste significa.

Por eso, además de reconocer los valores estéticos de su magistral actuación, sus diálogos sugestivos en latín y arameo, su expresivo montaje de imágenes y secuencias, así como su excelente música de fondo, considero que la película de Gibson no sólo es éticamente válida sino también una obra constructiva que interpela las conciencias, como lo hemos apreciado quienes durante su proyección y al salir observamos el silencio meditativo del público asistente. En un mundo insensible al dolor por causa de un culto egoísta al propio placer que pretende ignorar el sufrimiento de los demás, es conveniente y necesario mostrar con carácter de denuncia el horror de la violencia y sus efectos.

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