Frida y su gordito

Frida y su gordito

Fridadclavo

Por: Lorena Arana
@AranitaArepita

Frida me conquistó sin quererlo. Lo sé. Nunca estuve entre sus planes. Tal vez lo mismo diría Diego Rivera, su gordito. Siempre fui indiferente con ella. Para mí solamente era la pintora mexicana de cejas pobladas a quien Arjona menciona en una de sus canciones. “¿Qué hace Frida sin sufrir?”, pregunta, y yo obtengo un dato más. Que fue infeliz.

Pero ¿qué tan infeliz hay que ser para llamarse Frida Kahlo? Eso lo fui descubriendo después y seguramente, aún no lo sé con certeza.

Todo se volvió personal por una maleta, ¿quién lo diría? Buscaba el bolso perfecto y lo encontré en Facebook.

Entre muchos diseños e imágenes la escogí a ella, a su ‘uniceja’ y al color azul. Consigné $70.000 a una desconocida honrada con un perfil en Facebook y en una fecha especial, día del cumpleaños de mi madre, llegó mi Frida envuelta en cartón.

“Llamará la atención”, pensé y eso me gustó porque Frida siempre ha sido memorable. Entonces nos volvimos amigas. Donde yo estaba, ella también. Lo que yo escuchaba, ella lo oía. Lo que yo veía, era observado por su seria mirada, engalanando un rostro adornado de flores, tras el que a veces ocultaba el mío, mientras bailaba para hacer reír a mis amigos.

Desde ese momento, voy a todas partes con ella: al trabajo, a las clases, a los bares… y de una vez, le hago publicidad a la chica anónima honrada, ya que muchas miradas recaen sobre mi maleta, e incluso, eventualmente, me preguntan dónde la conseguí.

Pero hace unos meses Frida y yo hicimos el viaje más memorable. Fuimos a su casa, ‘La casa azul’ en Ciudad de México. Azul como el color que ignorantemente escogí para mi maleta, y debo decir sin más, que fue mágico. Es maravilloso entrar a un sitio impregnado de ella: sus amores, sus hormonas,  sus traumas y su tragedia.

En ese lugar vivió con su esposo Diego Rivera durante 25 años, un famosísimo muralista mexicano de huesitos grandes, cachetes descolgados y ojos saltones.

Apenas entré, encontré su obra bañada en ilegible letra cursiva y en lamentos (por haber padecido poliomielitis, una enfermedad que ataca al sistema nervioso y causa parálisis muscular), también por el accidente que sufrió a los 18 años, cuando el bus en que viajaba fue arrollado por un tranvía, en el cual se fracturó la columna y más que nada, por el aborto involuntario que tuvo a los 24, además de su infinita frustración de madre.

Igualmente, no sólo se evidencia su característico pesimismo. En La Casa azul, también habitan otras facetas de Frida no tan populares, como lo son la religiosidad en decenas de pequeñas pinturas, donde se ilustran situaciones en las que conocidos suyos aseguraron haber presenciado milagros.

Entre los retratos y autorretratos expuestos está el de su padre, acompañado por esta leyenda: “Aquí pinté a mi padre, Wilhelm Kahlo, de origen húngaro-alemán, artista-fotógrafo de profesión, de carácter generoso, inteligente y bueno. Valiente porque sufrió durante sesenta años de epilepsia, pero nunca se rindió trabajando, y luchó contra Hitler”. Y en las paredes, otras obras muestran sus citas más celebres como “Despierta, corazón dormido”, “¿Pies, para qué los quiero, si tengo alas para volar?” y “Jamás en toda mi vida olvidaré tu presencia. Me acogiste destrozada y me devolviste íntegra, entera”, así como la que acompaña a su última pintura, en la que en medio de unas coloridas sandías, se lee “viva la vida”.

Conmovedora y poética, Frida también presenta su cocina, sus jardines, su habitación, su cama, su silla de ruedas, sus muletas, su paleta y hasta sus cenizas. Maravilloso. Unos cuantos metros inmersa en la apasionante esencia de esta mujer, que no fue atractiva físicamente, pero sí adictiva como leyenda.

Por otro lado, mi  maleta azul de Frida ahora vale mucho más de $70.000 porque estuvo en su propia casa. Ya hasta se le ve más feliz. De manera que si tiene la oportunidad de estar en el D.F., no pierda el chance de sumergirse despacio en este mundo abstracto, surrealista y loco. Le aseguro que el tiempo no alcanzará y que saldrá revitalizado por una misteriosa energía.

Para finalizar este viaje,  una última, triste y rítmica cita que hay en las paredes de su casa: “Esperar con la angustia guardada, la columna rota y la inmensa mirada. Sin andar en el vasto sendero, moviendo mi vida cercada de acero” – Frida Kahlo.

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