Inyéctame un gramo de música

Inyéctame un gramo de música

Al empezar el día, cualquier persona del común enciende su radio sólo para despejar el aterrador silencio matutino. Un deseo básico, creado, satisfecho. ¡Qué bien me siento!

Sin embargo, al extremo sur de la ciudad, en un apartamento, Jonathan Bayer inicia su día como es de costumbre para él. Busca entre el montón un CD, algo de su gusto, enciende su computador, su pequeño equipo de sonido, su amplificador y se inyecta así un gramo de buena música.

Este joven, a quien la ciudad lo recibió por primera vez hace 21 años, recorre las múltiples calles de la capital de la salsa en busca de nuevos ritmos. Él, como muchos más, es un adicto. Sólo alcanza el alivio cuando los agudos tonos que exhala su consentida guitarra llegan hasta sus oídos. ¡Qué excitación! (suspiros).

Jonathan es el resultado, según la Psicología, de una generación creativa que se adhiere a los modos de expresión para transformar las distintas realidades.

Él, quizá, nació con una tendencia hacia los ritmos y ha creado con el tiempo una dependencia hacia las melodías. Él, tal vez sin saberlo, carga en cada latido de su corazón la cadencia de un gran músico. Él es presa incesante de un arte electrónico.

Con un walkman se aleja de los ruidos estridentes de la calle, se olvida por completo de las penas grises que aquejan a esta tierra asfaltada y tan dependiente de sí misma. ¡Bien por él!

Se niega todos los dolores ajenos. Prefiere tragarse el sol, antes que dejarse llevar por el sentimiento de pena que le produce aquel que está acostado en la calle y que suplica por un plato de comida. “Dependo de ustedes para sobrevivir, por favor”.

Gracias a su camarada electrónica y un cassette que lleva consigo 60 minutos de una mezcla de voces e instrumentos, Bayer tiene la fortuna de no tener que soportar también el repetitivo sonsonete que sale de la radio, aparato que adorna al bus en el que se transporta, y del que depende el viejo conductor.

Mientras Jonathan deja que los audífonos se aferren a su cabeza e imagina con dar conciertos y vender discos que contengan toda su creación nocturna, por el parlante alguien grita y saluda diciendo: “hoy es viernes del sexo”; frase de la que depende el chofer para sonreír; palabrería que necesita Bayer para sumirse más en su mundo y olvidarse de éste. ¡Qué asco!

Parte de su universo se condensa en los rincones de su cuarto. Con la guitarra en mano, se da el inicio a su creatividad, lo que para sus vecinos intolerables es ruido. “Callen a ese loco que no me deja dormir”. Para él, son unas gotas de atrevimiento y desórdenes en un pentagrama imaginario que transforman sus días y conforman algunos de sus innumerables fantasías.

Como él, cientos de jóvenes en el mundo entero, prefieren tocar fondo al ritmo de los cuatro tiempos, antes que depender de la insufrible vida en la que se encuentran atrapados aquellos que viven al lado.

Los distintos acordes conforman sus partituras, destiempos e inspiraciones lejanas hacen que los desórdenes del mundo se cuelen por su ventana y reboten de nuevo en la pared. “Desadaptado”, escucha decir por todos lados, sin embargo, sonríe cuando alguien le cuenta, que uno de los grandes músicos de la historia, Mozart, se olvidó incluso de su familia para descubrir que posar sus manos sobre un piano era lo único que le importaba.

Melodías indescifrables, como lo son los sucesos del mundo, aquellos de los que depende el presentador de noticias para subsistir, se condensan en la mente de quien escucha paso a paso cómo se conforma una buena canción. ¡Qué chimba!

De la misma manera que Bayer es un adicto declarado de los buenos ritmos, existen en otros lados, adictos al amor, dependientes del dolor y fanáticos del dinero. Todos dependemos de algo o de alguien para sobrevivir, para sentirnos tranquilos, para sentir que dormimos bien y que podremos despertar a la mañana siguiente, encender el radio de nuevo, y sumergirnos en nuestra propia tranquilidad. ¿Qué te brinda el equilibrio?

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