Justificando a los rebeldes de turbante

Justificando a los rebeldes de turbante

Cuando los Estados Unidos y algunos países europeos se propusieron la asidua tarea de invadir a Medio Oriente, nunca se imaginaron las dimensiones de este hecho tan controversial y repetido a lo largo de la historia. Justificándose en un viejo y conocido argumento “la liberación de un pueblo reprimido”, se hicieron de todo lo que estuviera a su alcance. Sin embargo, quién lograría imaginar que detrás de los turbantes y los hábitos de los pobladores se encontraría una resistencia brutal y difícil de vencer, fundamentada en una interpretación de la palabra revelada por Alá al profeta Mahoma en tiempos remotos.

Por fortuna, los grupos de extrema izquierda en oriente medio son de las pocas organizaciones que aún se rigen por una ideología, cuyo poder tal vez ha sido más efectivo que las bombas y los portaviones de los países que juegan otra vez a ser colonizadores. Gracias a la palabra manipulada del Corán, algunos rincones de Oriente se niegan ha aceptar la invasión de las tropas extranjeras, y pueden ser calificados de terroristas, locos, imbéciles, cualquier adjetivo que los desprecie, pero no hay la menor duda –más allá de los avíos que implementen– del aprecio por una cultura que puede superpuesta por otra en algún momento.

Por eso, no me sabe mal el pan caliente de cada día con sabor a violencia, donde las bombas en las embajadas norteamericanas, los secuestros de ciudadanos occidentales, y las terribles y justificadas inmolaciones en las plazas públicas se hacen presentes en el continente asiático. Y no es que me alegre por la cantidad de victimas fatales de dichos hechos; simplemente me regocija la negativa de dar el brazo a torcer de unos cuantos individuos, tal vez bien o mal manipulados por líderes árabes a través del islamismo extremo. Es por eso que justifico la guerra en diferentes partes del mundo. Por ejemplo, los palestinos con su “occidentalizado” vecino Israel, libran un enfrentamiento endémico desde hace muchos años. Sin embargo, condenó al país donde supuestamente nació Jesucristo porque estos siguen con la negativa de ceder el terreno que le perteneció a sus vecinos convertidos ya en extremistas. En Irak sucede algo similar, no más complicado o con menor rango de complejidad que en la adolorida Palestina. Con la caída del gran tirano Saddam Hussein, llegué a pensar que la colonización del país petrolero sería mucho más fácil que la de los españoles en América. Sin embargo, la guerra mediada por la manipulación de las palabras sagradas se ha agudizado de una manera nunca antes pensada.

Algún día, llegué a condenar los actos ocurridos el 11 de septiembre en los Estados Unidos. Recuerdo la película que armaron los medios de comunicación a nivel nacional e internacional de dicho hecho, que me dejó por un buen tiempo con una penosa y herrada conclusión: los orientales del Golfo Pérsico son los malos del filme. Recuerdo muy bien que esa misma idea se había instaurado la mente de las personas, con las que ahora tengo grandes discusiones. Los que se quedaron con la idea inicial de la película, piensan que la manipulación occidental le vendría bien al Medio Oriente, por eso aborrecen, afrentan y condenan el extremismo islámico fundamentado en una interpretación –no se si mala o buena– de las palabras del Corán. Sin embargo mi objeción con esa idea no ha cabido de buena manera en la mente de algunos contertulios, hasta tal punto de tildarme como terrorista por justificar la disidencia que lucha por sus pertenencias.

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