Juventudes, guerras y pobrezas

Hace un par de años, cuando aún se sentía en el ambiente que se le apostaba a la paz y no a la guerra, llegábamos a la conclusión en un espacio estudiantil de reflexión frente al conflicto colombiano, que uno de los caminos de salida a la desesperanza era la politización de la sociedad civil. Obviamente que para resumir la botada de corriente de tantos soñadores jóvenes y artistas presentes en una frase tan etérea como esa, necesitamos de la ayuda de la capacidad de síntesis de algún politólogo camuflado en el evento.

Pero ¿qué diablos es eso de politizar la sociedad civil? La respuesta puede ser muy peluda y arriesgada. Por eso en estos medios propiciamos más preguntas que respuestas, las respuestas las construimos día a día. Y por ahí va la cosa, en el día a día, decíamos en otra botada de corriente, es que se construyen las identidades y los pilares de la sociedad y la cultura. En resumidas cuentas, una sociedad actuaría políticamente cuándo su cotidianidad sea parte de su acción política, o viceversa, que puede ser lo mismo.

Y entonces, ¿Cuál es la diferencia entre sociedad política y sociedad civil? ¡Pues ninguna! O al menos así debería ser. Pero en nuestros actuales sistemas (mal llamados) democráticos la sociedad política se ve por allá arriba bien lejos administrando el status quo para mantener la distancia con los que se ven por allá abajo bien lejos. Y la brecha se agiganta gracias a la linda (esta si cotidiana) definición de que la política es la defensa de intereses. ¿Los intereses de quiénes? Los intereses de quienes administran las estructuras actuales de poder. Pero, ¿qué interés puede ser más grande que el de la entera comunidad, qué el de la gente misma?.

Las expresiones y símbolos de la juventud son, sin que tenga que ser explicito en los imaginarios ciudadanos, parte de la construcción de una cultura política que necesita de mucha cocción, de mucho fuego interno, de mucha adrenalina, para que en algún momento de nuestra historia futura (ojalá con más dialogo y poesía que sangre) aparezca una generación post-conflicto capaz de gobernarse a sí misma. Donde las representaciones y las delegaciones propias de nuestra excluyente democracia se desvanezcan y den paso a expresiones nuevas de participación comunitaria, donde las estructuras de vida (sociales, políticas y económicas) se construyan y se administren no para el bien común, si no desde el bien común.

Mientras tanto, la juventud sigue en su búsqueda de los límites de la libertad, entre ilusiones y las desilusiones, sueños y las pesadillas, fidelidades e infidelidades. Mientras tanto, la actual sociedad política nos sigue administrando las guerras y pobrezas.

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