La crónica del Callegüeso

La crónica del Callegüeso

Callegüeso Mambanegra

Por  El Callegüeso
@ElCallegueso / @Mambanegralatin

Esta historia la estoy escribiendo desde las islas flotantes de Bangladesh. Es el 4 de diciembre de 1976, y me encuentro ubicado en un pequeño caserío hecho con tejas de zinc y otros materiales. El lugar es húmedo y el hedor me recuerda a los restaurantes ilegales del viejo Bronx. Hace un calor infernal. Se oyen pasos y voces; mi perro está asustado, echado en el piso gruñendo y pelando los dientes como los malandros del Barrio Obrero en Cali.

Cuentan los que recuerdan el futuro que yo soy un polizón y un traficante de recuerdos… ya no sé quién soy. Sólo sé que tengo que recuperar mi flauta, esa arma mágica que me hace recobrar la memoria cada vez que la hago sonar, la cual fue forjada en Senegal y bautizada por un antiguo Jeli con el nombre del animal más peligroso de África: La Mambanegra. Ese es el mismo nombre que le di a mi orquesta cuando llegué ilegalmente a Nueva York desde la Habana, escondido como polizón en un carguero Japonés en los años cuarenta. Esta flauta me la regaló el legendario Channo Pozo, allá en un solar de la capital cubana donde se reunían los mejores a tocar Guaguancó.

A mí me dicen El Callegüeso porque cerca del puerto de la Habana, un Babalao me rescató de morir ahogado en el mar después de haber sido golpeado y lanzado al agua por los furiosos tripulantes de un transatlántico, a donde ingresé como polizón en el puerto de Buenaventura. Él fue el que me puso este nombre.

Luego de eso cuando desperté del desmayo, El Malembe, —como le decían a mi salvador—, me dijo que tuvo que hacer un pacto con la muerte pa´ que ésta no me llevara y, que como yo había vuelto a nacer, me tuvo que bautizar como “El Callegüeso”. La razón de este singular nombre es que él en sí mismo, contiene la clave de las virtudes que el Babalao me trasmitió. Mi salvador me contó que “Calle”, es símbolo de los poderes del barrio: el ají picante, la rumba, la clave y el Guaguancó, y que mi segundo nombre, “Güeso” tiene que ver directamente con el fin de mi vida.

Callegüeso

Me explicó que todos tenemos a la muerte al lado izquierdo, a un brazo de distancia. Que cuando nos quiere llevar, se nos acerca, nos toca el hombro y ¡San se acabó! Según él, mi segundo nombre es “Güeso” porque soy yo quien decide acercarse a la muerte cuando me quiera largar de este mundo. Cualquiera diría que es una dicha poder morirse cuando uno quiera, pero no: uno no se puede ir con ella si no ha vencido primero al diablo bailando salsa y todavía no he podido derrotar al condenado. Nuestro próximo combate es en La Barra Del Viejo Coci, allá en el caluroso oriente de Cali, más exactamente en Aguablanca: uno de esos lugares en el mundo donde el África lejana ha sido acorralada; pero como siempre pasa, a punta de buen paso y mucha salsa han esquivado la matanza…

Espero estar preparado para el duelo con El Putas, —El Diablo—, porque pa´ uno poderse ir decentemente con La Pelona —La Muerte—, uno tiene que saber bailar mucho; ella es la mejor, y no se le puede decepcionar, o sino la despedida duele. Por ahora tengo que buscar la forma de montarme de polizón en un carguero Alemán que tiene como destino las costas del Pacífico Sur de México, pues, tengo unos asuntos pendientes con Vicentico, allá en Tijuana, el legendario amigo de Copete, ese que transporta las almas perdidas en el Paso, Texas. El condenado me debe unos tragos de tequila y unas fumadas de mariguana. Si alguien encuentra este manuscrito, díganle a mi bisnieto Jacobo Vélez, que le tengo una misión, no tiene ni siquiera un año de edad a la fecha, pero ya lo tengo entre ceja y ceja y presiento que tiene mala maña.

 

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