La peste del conformismo

La peste del conformismo

¿Merecemos el privilegio de vivir? La pregunta revolotea en mi cabeza como una mariposa desesperada por su claustrofobia.

Abrimos los ojos, escapamos de la cama, cepillamos nuestros dientes. Un ritual diario para sumergirnos en la trivialidad de nuestras tragedias. El mundo se redujo a sexo, alcohol, drogas y libertad. Una libertad estúpida donde hago lo que yo quiera sin importarme el otro. Si eso es la libertad, prefiero la cárcel. En ese lugar la gente sueña, pelea con su resignación, intenta escaparse y tener una segunda oportunidad.

Dios debe sentir lástima por nosotros, una partida de inertes que nos vanagloriamos de llamarnos jóvenes sólo por el hecho de la edad, la elasticidad de nuestra piel y una moda a la que obedecemos por miedo a quedarnos solos.

Los años sesenta trajeron la revolución, The Beatles, Woodstock y una juventud rebelde que no se conformó con respirar. Luchó por transformar el mundo. Cada vez que lo recuerdo, siento una orgía de serpientes y alacranes en el estómago.

La guerra camina a nuestro lado, nos pregunta la hora, nos da las gracias y no nos percatamos de su presencia. En el fondo, nos sentimos omnipotentes, pequeños dioses a los que la tragedia jamás tocará. Una marca de ropa, un sofisticado bicho llamado celular y un karma llamado dinero, nos manipulan a su antojo. Mientras tanto, la sangre inocente corre por ahí, sin rumbo fijo, huérfana por culpa de nuestra indiferencia.

Para suerte de muchos, ese rojo no combina con blue jeans importados. Pertenece al pueblo que sufre, que debe renunciar a todo y salir de su terruño para seguir con vida. Nosotros nos quejamos por la rumba que no tenía fiebre de ‘sábado en la noche’, por la traga maluca, por el grano en la nariz.

Que dios nos perdone.

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