¿La sucursal del cielo?

¿La sucursal del cielo?

Salgo a caminar sin ni siquiera atisbar dónde quedarán las huellas de mis pasos en esta moribunda ciudad, en este deambular de patria que hoy me alberga, salgo del espacio monótono de la cordura, para infiltrarme en la historia de esta ignominia, de este frívolo espacio llamado Colombia, o ‘Chibchombia’, o esta “mierda” según sea su estatus o su euforia, en fin, ese problema netamente marxista se lo dejo al lector, yo me ausento de ese debate para seguir con esta anticordura, con esta manipulación que me quebranta, obligándome a presenciar esta orgía festiva de la muerte, muerte guerrillera, muerte militar, muerte parroquial, muerte mendiga, muerte puta, porque desde aquí, desde la historia de balcón, de espectador alucinante, me he podido dar cuenta (¡eso creo!) que la única ventaja de vivir en Colombia, de morir en Colombia, es precisamente que uno desciende al infierno tranquilo, sin saber de dónde vino la bala, si de la derecha o de la izquierda, y así, ignorante el difunto de quién fue su verdugo, o en términos más autóctonos y folclóricos, cual fuere su sicario, se queda por los siglos de los siglos en la infinita eternidad del limbo existencial.

¿Qué paso en Colombia? Es la duda que me absuelve y me maldice, acaso esta absurda manía de olvidarlo todo, de olvidar los muertos, de olvidar la sombra del tiempo, nos redujo a existir sin patria (entiéndase bien: Patria, no patriotismo. ¡Que viva la semántica!) ya que esto, esta raza, este pueblo, ¡Colombia!, que nombramos con tanta fluidez de irracionalidad, en momentos de alucinación ‘aguardientera’, nos lo hipotecó la falacia de la impunidad, otorgándonos la ciudadanía de habitantes de la nada, manipulados por conceptos rampantes de autoridad y eficiencia, diseñados a la medida por esos, los de siempre, los de corbata apretada y de bolsillos siempre al borde de estallar, los de arriba, los que si pueden pronunciarse, mientras nosotros oímos, y los vemos, y los padecemos, ellos son los protagonistas de esta historia, nosotros los borregos de su gloria, ellos son los que cobran, nosotros los que pagamos, los que pagamos sus impuestos y los excesos de sus fiestas, nosotros somos los servidores y ellos los soñadores, ellos invirtieron los papeles, y evocando a Fernando Vallejo “la sirvienta se nos convirtió en la dueña de la casa”.

Mis sentidos se dilatan, me calcinan, ya que no quieren, no resisten presenciar más este infierno, por eso no entiendo a estos señores o señoritas que tienen sus almas tan negras como sus vestimentas, que día y noche se la pasan anunciando el castigo del infierno para los que se van y no son buenos, ¿acaso sus miradas no alcanzan a percibir el color de la miseria que se destila en los semáforos del país? ¿Acaso sus oídos blasfemados de parábolas no se alucinan al estallar de las bombas, al quejido de los niños, a la harapienta clemencia de la viudas? ¿Acaso en los banquetes de sus fiestas no han dejado algún sobrado para el moribundo del andén? Si esto no es un infierno, entonces Dios es un terrorista, porque mayor degradación que ésta no sería más que un holocausto.

Ya no soporto más esta pantomima anacrónica, por ende, las palabras agonizan y este artículo fallece, sólo me queda una última alucinación, ¡Colombia! cuando retomarás tu historia y castigarás a los culpables, a los que te convirtieron en esto, y a mí devolvedme el pasado de patria que me alberga para reconocer los asesinos, de lo contrario pedidle al país de la infamia, que nos lance a plena luz del día y con los ojos bien abiertos unos de sus sensuales misiles, ya que esta sucursal del cielo no merece parir más generaciones a la nada, al vació, a tus brazos.

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