¡Lo que lleve, a mil!

¡Lo que lleve, a mil!

“Preeeecioos populares…”. Este es el grito final que se escucha en las propagandas de radio que anuncian el próximo evento a realizarse en la ciudad. Es la invitación para que la gente averigüe el valor de las boletas del espectáculo en cualquier localidad. ¿Pero por qué lo anuncian de esa manera, diciendo la palabra ‘popular’? ¿Cuánto vale acaso “lo popular” frente a “lo selecto”?Es un ejemplo más de cómo el mercadeo aumenta consciente o inconscientemente las diferencias sociales y culturales de la gente. Así, los aludidos y los no aludidos por tal juego de palabras, creen más en el cuento de que sus lugares en el estadio deben delimitarse claramente por derecho a la xenofobia con unos pesos más. Al final, los dos asisten y luego cuentan por igual a los que no fueron, lo mismo: que estuvieron en tal espectáculo. A propósito, ¿quiénes creen que lo hacen con un mayor énfasis en lo que pagaron que en lo que presenciaron?

Hay una desproporción económica que en nuestro país es marcada, pero es el mismo consumo masivo que se encarga de acentuarla más en la mente de sus clientes. La publicidad a la que recurren busca mostrar que lo que se vende está al alcance de todos sin importar el tamaño de su bolsillo. Y lo hace muy bien, pues los que compramos nos convencemos de que nuestra plata rinde al máximo en tal supermercado o centro comercial con falsos precios de “antes y después”. Incluso en la televisión, nos manipulan para estar entre las primeras diez llamadas a las 2:30 a.m. de un sábado.

Pero lo verdaderamente cómodo y barato es lo que el comercio informal nos ofrece con una publicidad más simple, llamativa y en ocasiones sensata. Los letreros de cartulina verde biche nos atraen magnéticamente a cualquier mercancía. Las etiquetas con el “%” nos hacen calcular cuánto menos pagaremos en la cuenta total. Se nos ofrece el “2 x 1”, la “ganga”, la “promoción”, el “3 x 2”, la oferta, el descuento, el “6 x 4”, la “ñapa”, el “combo”, el “todo a $1000”, la “hora feliz”, “el minuto a $200”… Se quiere pagar menos por más y en la mayoría de las ocasiones independientemente de la calidad o la necesidad.

En las plazas de mercado se regatea de acuerdo con los precios de los puestos de al lado y la temporada de cosecha. Y en el centro de la ciudad los andenes invadidos y casetas atravesadas de vendedores y revendedores favorecen los bolsillos de los compradores. La intención es ahorrar, aunque sea una mentira, pues el comercio se alimenta a sí mismo indefinidamente: lo que nos da gratis o barato en una parte nos lo cobra en otro lado. Nuestro dinero es suyo tarde o temprano, ya sea en los semáforos o en los buses urbanos.

Aparentemente, de esta economía de menor escala nos favorecemos todos. El millonario que busca en Sanandresito el televisor plasma de 38”, y el que en el mercado de las pulgas compra ropa de segunda. Sigamos siendo intrigados por los gritos del payaso con altoparlante y con las visitas a los outlet de las más famosas marcas. Que no nos dé vergüenza agacharnos en la calle a preguntar cuánto es lo mínimo de una camiseta o la docena de ganchos para el cabello.

A la hora de comprar, busquemos “lo popular” pero hagamos un esfuerzo por ahorrar ese peso, al ver de pie el concierto en tribuna-sur-abajo o en la última banca de “gallinero” del teatro. Para algo nos ha de servir luego: gastarlo en otra ganga.

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