Lo rico no quita lo guache

Lo rico no quita lo guache

Hace unos días iba yo en el carro de una amiga por una autopista y encontramos un semáforo en rojo y un par de carros en el cruce asomando la trompa para pasar. Sin embargo, mi amiga no reaccionó a tiempo y siguió derecho tras un débil intento por frenar, dándose cuenta demasiado tarde de que ella no tenía la vía —no dejó de producirme un pequeño escalofrío ver pasar la luz roja a toda velocidad, con efecto Doppler y todo.

Obviamente todos los que íbamos en el carro se la montamos en forma a nuestra improvisada “Guerrera del camino” por atravesada, pero nuestra amiga fue tan sumisa y reconoció tan rápidamente su falta que la cosa no pasó de ahí. Lamentablemente, una de los conductores a los que mi amiga cerró en el semáforo nos persiguió por varios kilómetros, decidida a alcanzarnos a cualquier costo. Incluso cuando nos pasó fue hasta una glorieta y se devolvió con tal de encararnos.En resumidas cuentas la señora, visiblemente indignada, soltó una retahíla de amenazas y reproches que no dio oportunidad a que mi amiga se disculpara como era su intención. Cuando mi compañera aprovechó un instante en que la señora por fin paró para tomar aire, reconoció humildemente su falta y prometió que no lo haría de nuevo. Por la forma como esa señora reaccionó, de pronto hubiera sido preferible mentarle la madre, porque salió disparada, roja de la indignación.Cuando por estos días veo las noticias sobre los bombardeos de Israel sobre objetivos libaneses recuerdo el episodio del semáforo. Para todo el mundo es claro que los activistas de Hezbollá provocaron a los judíos al lanzar misiles sobre objetivos civiles en Israel, pero después de varias semanas de muertos, heridos, desplazados y destrucción hasta las ruinas de la infraestructura libanesa, la respuesta israelí parece totalmente desproporcionada. Más bien pareciera que aprovecharon el papayazo para desquitarse de algún rencor pasado.De pronto el juicio parece duro, pero es que uno espera esa guachada de cualquier delincuente de la olla, no de una nación civilizada que ha aprendido a las malas las consecuencias de la intolerancia. Algo parecido sentí con la señora del semáforo: si hubiera sido un taxista, hasta hubiera esperado que se bajara del taxi blandiendo la cruceta, pero por tratarse de alguien con pinta de señora rica, yo esperaba algo de civilización.Ojo, no estoy disculpando a mi amiga, es claro que la embarró y la señora tenía todo el derecho a indignarse, pero cuando le ofrecieron disculpas reconociendo la falta, ella, en vez de calmarse y mostrar la civilización que se esperaría de su posición, prefirió seguir su camino enceguecida por la ira, tal y como lo parece estar haciendo Israel.Pero bueno, después de todo pensé que las apariencias engañan, y que a pesar de todo la señora no fuera más culta que un taxista promedio. Pero bueno, ¿qué más hubiera podido esperar de alguien que anda a toda velocidad en una 4 x 4 dorada y que necesita escupir por la ventanilla (dos veces) que es “la presidenta de la junta”?

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