Los diablos ya no dan miedo

Los diablos ya no dan miedo

La semana pasada cuando estábamos desmontando los decorados de Halloween, ya empezaban a sonar los tambores de los diablitos por los barrios de nuestra ciudad. Recuerdo que cuando estaba más pequeña (7 años más o menos), el solo hecho de escuchar ese sonido ya era motivo de carrera hasta el adulto más cercano, me moría de pánico porque eran hombres grandes con disfraces alusivos a la muerte y otros símbolos del mal. Eran grupos numerosos con máscaras, bien maquillados, con accesorios como rejos y esposas; siempre acompañados por diversas canciones que inmediatamente lo transportaban a uno al Pacífico colombiano.

Pero hoy, cuando suenan los mismos tambores y se escucha un sonsonete destemplado, evidentemente no son esos mismos hombres grandes, altos y fornidos. Hoy son niños que desde muy temprano salen a pedir las mismas monedas. Supuestamente los adultos de hace unos años hacían toda esa puesta en escena por las calles de la ciudad porque estaban recogiendo dinero para comprarle regalos a los niños pobres, pero hoy son los mismos niños los que utilizan este recurso como forma de conseguir plata.

Aunque esto ya se ha dicho de diferentes maneras, los niños en nuestra sociedad son símbolo de pobreza y mendicidad, siempre con un disfraz que no está diseñado para pedir bananas y dulces el 31 de octubre, sino para comprar la comida, pagar los medicamentos o para satisfacer las necesidades personales de diversión.

Mi miedo a aquellos hombres disfrazados ha dejado de estar presente por los meses de noviembre y diciembre, pero se ha convertido en un miedo social de imaginar que más niños salgan a la calle, sacrifiquen su infancia y se dediquen a estas nuevas rutinas de vida; así como el miedo a que nuestras tradiciones culturales vayan tomando otro valor, porque los niños diablitos ya tienen una: “la murga es el trabajo de la temporada navideña”.

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