Mensaje terrícola

Mensaje terrícola

Este mensaje ha viajado lo indecible; ha deshecho distancias innombrables, longitudes inmedibles y, quizá, seres inconmensurables. No sé.

Ha cruzado constelaciones enteras, familias de galaxias, nubes de polvo estelar, planetas rojos y enanos blancos, satélites y cometas errantes; ha recorrido medio infinito y tres cuartos de otro más.

Ahora pueden leerlo. No contiene revelaciones más precisas que las de Nostradamus, ni traigo arrastrando en una bolsa de Carrefour a los cuatro jinetes del Armaguedon ni mucho menos el manuscrito apócrifo de Melquíades. No. De hecho, no traigo nada. O mejor, traigo a la nada: me traigo a mí. Al fin, soy al único a quien poseo e incluso ignoro cuánto dejo de mí en mí mismo. O cuánto dejo en ustedes que son ese “mí mismo” y “nosotros mismos”. Esa nada de la nada. Somos todos los que somos y soy ustedes que son yo. Nada.

Léanlo, disfrútenlo si pueden, métanlo debajo de las cobijas repletas de ácaros o en la almohada roída por la saliva derramada en las noches. Escóndanlo detrás del par de condones ya expirados o en medio de la pata no fumada. Tal vez, si les parece, en una página de ese libro que siempre aguarda y que nunca han logrado leer porque les ha quedado grande como una montaña escarpada; o tras la cortina mugrienta que nadie lava y que Doña Perencejita nunca toca aunque sonríe pusilánime cuando sentada de pierna cruzada comparte el tinto frío con sus mamás.

Si no, entonces pónganlo dentro de la billetera de la primera comunión que tanto odiaron porque no les dieron el balón de fútbol o la misma “bici” que tenía el vecino o la muñeca que caminaba y hablaba y corría y dormía y casi roncaba y no en ese pedazo de cuero para guardar papeles de dos pesos marca Toto’s; o esa loción Yanvol de tres o esa Barbie a medio hacer con su pelo de escoba, sus manos demasiado grandes para una niña, sus piernas de hombre deforme y su culo de perro.

Y en caso que no tengan donde meter este pedazo de papel, este resquebrajo de tiempo pues quémenlo, bótenlo, dispongan de él como disponen de sus recuerdos, como lo hicieron con su niñez inocente, con su virginidad perdida. Ya han decidido por el universo que los observa y los abarca, ya han decidido por sus ojos y sus bocas mintiéndose y engañándose como si pudieran dejar aquello que los carga y los lleva a rastras entre quejas y llantos y pesadillas. Ese cuerpecito débil e inútil. Ese regalo que los frustra. Ese estuche que les desagrada.

Ahora seguro piensan pedir, implorar por lo que creen que merecen. Por posesiones inasibles, por felicidades efímeras, por carritos miserables, por casas de cartón. Lo merecen y lo merezco. Merecemos aquello que tenemos. Hay que merecer para tener. Hay que no merecerlo.

Pidan niños azules de la tierra, imploren niñas purpúreas del cielo. Pidan cuanto puedan. Imploren hasta la decadencia. Que la fecha aguarda. Que el día espera.

Ya casi es veinticuatro y la noche asoma y la luz se acerca. El árbol se endurece en la sala mientras las velas se extinguen y pierde forma su cera.

Y olviden así como olvidan, del mismo modo ingenuo que dejan. Lancen a los recovecos de este año que se despedaza entre las manos y que se deshace como un indigente medio vivo, medio muerto entre los murmullos.

Pidan a quien les dé. Ya casi es treinta y uno y apremia el fin porque el inicio acosa hermoso, renaciente, ignorante. Lo nuevo asombra, lo nuevo asusta.

Y ya llega y ya finaliza.

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