Patología de los vivos

Patología de los vivos

Pasa uno por las droguerías y ve las filas de gentes y de cosas: las que trabajan en las cajas o leyendo fórmulas, buscando en estantes llenos de medicamentos y las que pacientemente esperan que a la cajita de plástico que también hace fila, le llegue su turno en la registradora para que se intercambie por dinero y calme una ansiedad o un dolor.

Y venden de todas y para todo. Para la tensión, la cabeza, los ojos, las irritaciones de la piel, el mareo, los dolores menstruales, el vómito, la disfunción, el insomnio. Bien porque sí y bien porque no. Vitaminas y nutrimentos para el desnutrido. Dietas para el obeso. Cremas para el calvo. Cirugías para el que es feo. Sí. Estamos enfermos. Estamos insatisfechos.

Los ancianos ahorran una porción importante de sus pensiones para sobrevivir ingiriendo drogas (hay quienes pretenden pensionarse). Y los más jóvenes ahora invierten en un recetario que va desde anticonceptivos, hasta estimulantes para soportar el trabajo nocturno, vencer el estrés y aprobar los parciales de la universidad. El mercado paralelo ofrece drogas llamadas ilegales cuyo consumo para los ociosos y diletantes estimula el ansia inacabable por experimentar sensaciones y para la mayoría, las drogas terminan sustituyendo los mecanismos intrínsecos que posee el cuerpo humano por sentir placer y satisfacción propia.

Entonces, no queda otra cosa que pensar que vivimos en una sociedad enferma que paga y se empobrece para huirle al dolor, la tristeza y a las preguntas y, para sobrevivir en un mundo que requiere cada vez más de sus energías, pero no puede dárselas.

Y yo no lo creería si el mundo de hoy no nos ofreciera ese falso bienestar de poder acceder a todo si puedes pagarlo, pero en últimas no contar con nada. La lista de remedios para las enfermedades físicas y del alma aumenta con las investigaciones de mercado, pero la lista de virus, dolencias, anhelos y carencias aumenta también. La escasez en la que se fundamenta el sistema económico se sustenta con el empobrecimiento. Ser pobre es carecer, no conseguir, siempre anhelar, padecer, querer remediar, tener que adquirir para ser feliz.

A la tesis económica, que a cada oferta le llega su propia demanda, el mercado la complementa: ante la posibilidad de la creciente posibilidad de solucionar todo (demanda) se disparan las enfermedades (oferta). Si siempre puedes aliviar cualquier dolor, entonces puedes enfermarte y padecer de lo que quieras. Por eso hoy vivimos más enfermos y consumimos más drogas.

Es como si volviéramos a empezar. Lo que ganamos con la posibilidad de llegar a controlar lo que desconocíamos, lo perdimos con la imposibilidad de sentirnos bien. Y eso nos lleva a una patología cultural, el poder y querer sentirse enfermo en cualquier momento porque hay remedio.

Cuando no existían las soluciones a todas las dolencias no significaba que no se buscara cómo aliviarlas, pero la mentalidad cultural había asimilado esa restricción. La insatisfacción es por partida doble: una sociedad que padece de la enfermedad de querer aliviar cualquier dolor o molestia porque el mundo se lo permite, pero la restricción de que tampoco puede pagársela. Pobreza.

Y el sistema es coherente con la visión de la salud física y mental como un negocio, un producto que se vende al mejor postor y que es rentable en cuanto la sociedad se enferme cada vez más, porque ello es un indicador de un nuevo mercado que no puede perderse, que debe crecer y mantenerse: es el imperativo de tener enfermos que no deben sanarse sino que deben seguir padeciendo su enfermedad para que sigan consumiendo los mismos medicamentos que le calman el dolor y que por ello se sientan bien y estén contentos, paguen con gusto y vuelvan a pagar.

Además, cómo funcionaría si no existieran tantas enfermedades y dolores y tantas drogas para aliviarlas y regularlas; tantos laboratorios, empresas, instituciones, iglesias, ideologías, partidos, estados, corporaciones, medios, academias dispuestas a producirlas y a venderlas y tantos enfermos dispuestos a no dejarse vencer por el dolor de estar vivos.

Es el diagnóstico de una humanidad moribunda o casi muerta que en ejercicio de su libertad de mercado comercia el poder mantenerse viva aunque esté muerta.

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