Pistoleros

Pistoleros

Aquí, a muchos les gusta sobreponerse a las frustraciones a punta de plomo

Esta ciudad esta poblada de pistoleros y de gente con ganas de ser pistoleros. Esas ganas se agrandan cuando se está borracho, cuando se está en un banco, cuando no te atienden bien porque sos un pobre diablo sin renombre y sin plata. Cuando te toca pagarle al Estado para que te pueda condenar por lo que este mismo no ha hecho (y en eso es muy eficaz), cuando te topas con un “avispado”, cuando una mujer se come tu alma (porque darle el alma a una mujer es dársela gustosamente al diablo), cuando te das cuenta de que tu vecino ya anda armado, con escoltas, con mujeres que van a reventar de tanta silicona, con camionetas, caballos, avionetas, yates…, cuando te roban, cuando te amenazan, cuando te sentís en peligro, que es todo el tiempo, sin descanso, siempre.

Cuando era niño vi a un hombre desafiar el cielo con madrazos y con balas. Llovía a cantaros. El hombre tambaleaba borracho bajo la lluvia mientras otro le seguía inseguro y una muchedumbre miraba con extrañeza. De repente sacó un revolver, gritó con ira -¡Tomá hijueputa por cagarnos la cabalgata!- y disparó todo lo que tenía contra la tormenta. Los espectadores gritaron llenos de gozo y alabaron el acto. Luego, otros empezaron a disparar como él. Esa fue la premonición de una evidencia que descubriría con el tiempo y es que la gente de esta ciudad es violenta. Aquí, a muchos les gusta sobreponerse a las frustraciones a punta de plomo y si no lo tienen, se desahogan con aquellos que les parezcan más débiles y vulnerables. Pero ahora cada vez más personas se las arreglan para andar armados, las he visto en las calles, deambulando por ahí con cierta arrogancia y desenvoltura.

Hace poco estuve cerca de un pistolero. Unos amigos y yo hacíamos la cola para entrar a una discoteca. El lugar estaba atestado de gente y la fila no avanzaba. Esperamos un rato hasta que un hombre corpulento con algunas alhajas brillantes llegó a colarse. Pasó con la cabeza en alto, con fuerza, sin mirar a nadie y mostrando la cacha de su pistola. Cuando se encontró al pie de la entrada, le susurró algo al oído al de seguridad y éste de inmediato lo dejó entrar con un aire de reverencia. Justo después vino nuestro turno y nos negaron la entrada.

Sentí como mi pecho se oprimía de ira e impotencia. Dentro de mí una bestia colosal gritaba y maldecía el mundo. ¿Qué podía decir un indefenso? ¿Qué podía reclamar yo que no tengo ningún poder sobre la tierra? ¿Cómo podía pretender ser tratado como igual? Nunca lo sería en esta ciudad a menos que fuera uno de ellos, porque aquí los reclamos no se hacen si no es con el respaldo de un arma. En ese momento quise ser pistolero con vehemencia, quise ver postrado a mis pies a todo aquel que se interpusiera en mi camino, tuve las fantasías más aberrantes y desenfrenadas en donde yo decidía el destino de los hombres y modelaba sus voluntades a mi antojo. Se me hacía agua la boca de sólo imaginar las posibilidades en mi camino, un millar de puertas resplandecientes se abrían ante mis ojos de sólo pensar en la hora de mi ¡reivindicación! Todos estos deseos florecían y morían rápidamente aplacados por la realidad y el miedo que ésta me producía, de modo que abandonaba tales ideas y me dedicaba a vivir en la resignación.

Sin embargo todo ha cambiado, ya no temo, estoy convencido y este lugar me ha mostrado el rumbo. Ser pistolero dará consuelo a mi rabia, a mi rencor por este mundo que no me escucha. Seré visto con ojos perplejos, no haré parte de los que sufren si no de los que hacen sufrir, no seguiré en el bando de los débiles si no en el de los fuertes, estaré protegido y olvidaré por siempre que alguna vez tuve miedo. Todo está listo, todo está planeado para mi gran asenso. Lo he tramado yo sólo en la profundidad de mi mente, luego de rendirme ante las ganas, ante la ira. Todos lo verán con asombro. ¿Cuándo? Será este fin de año.

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