Putumayo, dulcemente violento

Putumayo, dulcemente violento

A Mojis

En los últimos meses hemos tenido noticias sobre la alteración del orden público en el departamento del Putumayo, zona tan lejana de nosotros, como lejana es la posibilidad de un acuerdo humanitario entre las Farc y el gobierno. De este departamento sólo conocemos los estragos del viejo conflicto colombiano. Nada más. Los medios de comunicación colombianos, contagiados por la paranoia guerrista del conflicto, han construido una imagen dulcemente violenta de uno de los territorios colombianos más fecundos en recursos naturales y energéticos del país.

Estas palabras nacen de la experiencia de alguien que estuvo presente en dicho territorio en el penúltimo paro armado realizado por la vieja guerrilla del milenario Manuel Marulanda Vélez “Tirofijo”. El 20 de julio de 2005 un frente de las Farc dinamitarían tres torres del sistema eléctrico, dejando sin energía a varios municipios del departamento, entre ellos la municipalidad de Mocoa, capital del departamento. Pero la violencia no es el único aspecto que distingue al Putumayo, y nos preguntamos, ¿En este departamento hay vida común y corriente como en cualquier territorio del país?

Los recuerdos diseminados en la memoria. A Mocoa se llega por dos vías: una temeraria carretera atravesada por ríos, grandes rocas y profundos abismos, que nace en Pasto y va recalando por un camino de herradura hasta la capital del departamento; y la otra vía que se usa para llegar a esta ciudad, nace en Pitalito (Huila) y desemboca en una tupida selva, donde hay uno que otro caserío custodiado por militares de rostros hirsutos, hasta llegar a la capital.

En Mocoa hay rastros de la raza india, junto con el dialecto del hombre del sur. Gente trabajadora de la tierra, de piel tostada por el sol y mentes curtidas por los saberes de la naturaleza. Gente que vive feliz con algunas mechas de ropa, botas de caucho y la alimentación de los productos que da la tierra. Una ciudad de paso; un lugar de mucho comercio, y quienes creen que por allá no ha llegado la Coca-Cola, están muy equivocados. Como ciudad pequeña, todo el mundo se conoce, los jóvenes más que todo. Existe un colegio de monjas. Discoteca y bares para esos jovenzuelos que estudian en el interior y trae los males de la moda. No falta el traqueto y las cantinas donde se escucha música yo me mato. El lugar de las primas está a las afueras y la iglesia está en un lugar donde todos pueden ir a conversar con Dios.

La vida política es como la que vivieron nuestros abuelos: junto a los partidos liberal y conservador; y quienes han ocupado un cargo público, se les debe llamar “doctor”. Las reuniones políticas se hacen al son de una serenata y echando porras por el partido. Quien sube al poder arrastra tras de sí a los hijos de sus compadres y padrinos políticos. Quien habla de cambio de las costumbres políticas puede estar siendo catalogado como “guerrillo”. Se juega al fútbol, y como hay muchos que han ido a estudiar a Bogotá, son hinchas de los equipos capitalinos. Uno que otro joven fuma marihuana, pero casi todos ven aparecer los domingos muertos de la borrachera y cantando vallenatos de moda.

La vida es normal. Cuando hay tropeles en la selva entre las Farc y el Ejército la gente lo acepta como algo más de la vida, y si les quitan la energía, entonces escuchan radio, juegan parqués o cartas, se reúnen en familia o se acuestan temprano. Y cuando falta la gasolina, las cosas se complican un poco y se empieza a rezar para que el conflicto se apacigüe y la normalidad se restablezca de nuevo. Unos pocos de los jóvenes empiezan a emigrar hacia las ciudades donde hay universidades, dejando atrás por un momento, la dulce violencia de un departamento que hace parte de Colombia.

El Putumayo descansa sobre una tupida vegetación, se presentan enfrentamientos armados y los medios dan el fin del mundo, pero la vida sigue su inexorable lógica en un departamento dulcemente violento.

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