Recuerdos de una infancia ajena

Recuerdos de una infancia ajena

Inspirado en recuerdos y en personas reales e irreales

Yo tenía 8 años, cuando a mi madre le adjudicaron una casa en un nuevo proyecto de vivienda social. El día que ella llegó con la noticia, sentí un alivio inmenso, ya que por fin dejaríamos de vivir en casa de mi abuela, donde todo era prestado. Desde ese día, cada domingo hacíamos paseo para ver los avances de la obra, nos parábamos en la mitad de la calle y veíamos como se disponían las columnas y como se alzaban los muros, semana tras semana.

Recuerdo que tuvimos que pasar por muchos contratiempos para ver materializado nuestro sueño, el primero fue vencer una gigantesca montaña de tierra que habían dejado en la entrada y que impedía el acceso totalmente. Esto sucedió el día de la entrega de la casa y solo nos restó, con todo y la “elegancia” de la ocasión, respirar profundo y remover con manos y uñas la tierra hasta hacer un hoyo lo suficientemente grande como para deslizarnos hacia el interior de nuestro hogar. Luego vinieron mas desafíos, que día tras día debimos superar, así fue como poco a poco con mas ingenio que dinero, fuimos adecuando ese lugar sombrío de paredes a medio hacer, en un lugar relativamente cómodo, sencillo, simple pero nuestro donde la vida también era dura, pero al menos la vivienda era propia.

De igual manera las casas se fueron habitando y se conformó el barrio, yo aún recuerdo el olor a pandebono de la casa de Chepita, o los helados de palo que sacaba fiados donde Doña Paulina, las uvas de la mata de parra de mi casa, la construcción de la capilla, los diciembres de la cuadra con pólvora y año viejo, los dulces navideños compartidos por todo el barrio y las novenas colectivas. Allí en esa cuadra viví demasiadas cosas, mucha tristeza y alegría amalgamada para formar lo que se llama vida.

El tiempo pasó y los que antes éramos niños nos convertimos en adultos, mi madre envejeció en esa cuadra y murió aferrada a su historia, a su casa y a su barrio, donde aún la recuerdan.

Yo me fui del barrio tan pronto pude, alejándome consciente o inconscientemente de mi mundo de la infancia. Ya la ciudad había cambiado y los barrios no eran los mismos, así que adquirí mi hogar, mas de aire que de suelo en el séptimo piso de un conjunto de apartamentos. Realmente me acostumbré rápidamente al nuevo estilo de vida, ya no había tienda, ni helados de palo, ni novena colectiva, ni fiestas de barrio, pero los intercambié por portería, piscina, ascensor y una vida anónima en medio de muchas personas, que a pesar de vivir tan cerca de mí, no sabían ni mi nombre, en realidad yo tampoco sabía el de ellos, pero se me hacía más fácil, porque en medio de esta agitación de mis días, entre oficina, trancones, inseguridad y obligaciones, no me queda tiempo para charlar con el vecino, o para ponerme a preparar dulces o novenas o para vivir…como cuando era niña.

A veces y por momentos siento mucha nostalgia, recuerdo a mi madre y sus ojos radiantes mientras nos contaba la gran noticia. Pienso en todo lo que pasó para que se formara mi barrio y me da un poco de vergüenza por la amnesia involuntaria de mi vida en esas calles. Sin embargo, ya me acostumbré al conjunto y a los bloques A, B, C y D. Se me hace extraño no encontrar al portero en su lugar y requiero ese anonimato en el que decidí vivir. Así que lo único que me queda es seguir mi vida con sus nuevas facetas y aceptar la extinción de esos lugares que fueron parte de mi existencia.

Sin embargo por un momento quisiera cerrar los ojos y recordar el latir de mi corazón el día que mi madre me dijo que por fin teníamos una casa…

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