Serpientes

Serpientes

Empezaron desafiándole el rostro con pequeños e incompletos roces sobre las orejas. Se le enrollaron en el cuello, atrapándola en círculos que parecían eternos, robándole el aire y precipitándole la respiración. Los dos frutos redondos y maduros que le colgaban del pecho, jugosos y provocativos, las atrajeron sedientas. Pronto se abalanzaron sobre ellos, devorándolos afanosa y codiciosamente, calmando a lujuriosos mordiscos su boca encendida por el calor de la habitación.

Sin voluntad para defenderse, se entregó de brazos abiertos al ataque malsano y venenoso. Dejó que continuaran su juego malicioso, aferrándose a las barandas superiores de la cama con las manos apretadas a ella. Las bestias desbocadas ocuparon la mejor posición para atacar, erguidas con sus mejores armas. Se enrollaron en la cintura aferrándose fuertemente y se adentraron en lo más sagrado y profundo del vientre, provocando padecimiento y placer al mismo tiempo.

Observaron todo el cuerpo desamparado e indefenso y se pasearon amenazantes por cada uno de sus pliegues concibiendo la próxima embestida. Delinearon con sus cuerpos húmedos las pantorrillas, los brazos, la línea de la espalda, el derrière y la entrepierna. Se enredaron entre el cabello brillante, jugando a perderse en él.

De la cabeza a los pies, despertaron todo el brío de cada músculo con su rastro. Las caricias suaves y ardientes coparon los hombros erizados y la espalda de la mujer, colocando toda su piel cadente.

De pronto, su cuerpo blanco, enorme y palpitante, agitado, aterrorizado y entregado al rito del animal, envolviendo cada centímetro de la piel, despertó del breve lapsus en que se sometió por algunos minutos dentro de su cuarto, sobre las sábanas desordenadas de su cama; y en el momento en que abrió los ojos y tuvo pleno conocimiento de la realidad, encontró a su novio desnudo sobre ella, haciéndole el amor y acariciándole todo el cuerpo con los dedos. Sólo soñaba con serpientes.

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