Voyerista Esclavizado

Voyerista Esclavizado

Ilustración: Fluvio Obregón

Esta mañana comenzó como todas las anteriores, con el mismo desgano y el mismo rayito de sol pegándome en el ojo izquierdo. No tenía más remedio, tocaba levantarse. Como siempre, corrí la ventana de la sala para acabarme de despertar con el bofetón de sol matutino, cuando ¡Oh sorpresa! La más dulce aparición surgió de la parte trasera de una furgoneta en frente de mi apartamento.

Un par de piernas largas, doradas, perfectas. Un abdomen plano, de aquellos que dan ganas de untarle mermelada para comérselo con chocolate en el desayuno. Y un tanto más arriba, para que les cuento, dos formidables formas redondeadas, vibrantes, cubiertas por un minúsculo top blanco. Unos labios perfectos, carnosos, en un rostro soñado. ¡Era un ángel! Quién creería que semejante sueño podría convertirse en una cruz conmigo clavado a ella.

Me puse algo medio decente para salir y bajé corriendo las escaleras. Llegué hasta el camión repleto de cosas y allí me tropecé con la mirada pícara del conductor y su mordida de labios con movidita de cabeza incluida. Me asomé al interior del apartamento casi vacío y allí estaba ella, acomodando unos paquetes que había bajado. Volví a recorrerla con la mirada.

Hola, le dije con voz entrecortada. Hola, respondió, con ese acento de paisita mimada. Vivo al frente, añadí y luego hice la pregunta más estúpida de todas: ¿querés que te ayude? ¿En serio? Me respondió, ¡tan lindo! Me sentía el tipo más afortunado y el más fuerte. Así que sin perder tiempo comencé a bajar cuanto cachivache encontraba. A los diez minutos ya me faltaba el aire y el condenado furgón nada que se vaciaba. Pero quién dijo miedo, en lugar de hacer la mueca de cansancio que me dominaba, esbozaba una sonrisa pueril, similar a la de los estúpidos.

Medio día después, ya habíamos bajado todo el reguero de cosas el conductor y yo, porque en medio de mi suprema inteligencia y cortesía le dije a mi adorable nueva vecina: descansa, que de esto nos ocupamos nosotros.

Cuando el conductor de la mudanza se fue, pensé, este es mi momento, pero fue interrumpido por un: ¿me ayudas a acomodar o estás muy cansadito? Estaba re mamado, pero algo en mí, hasta hoy no sé qué fue, si la estupidez o la esperanza de conseguir alguna recompensa física, le respondió: tranquila, yo te ayudo.

El otro medio día restante, se me fue acomodándole sala, alcoba, cocina, baño y un sin número de pendejadas que las mujeres acostumbran tener. Cuando terminé por fin, me dije: ahora sí, este es mi momento.

Bueno… le dije, esta palabra siempre es el inicio de algo, ¡Ya terminamos! Gracias, tan lindo. Chao. Me voy a descansar que estoy muy cansadita. Esas fueron las palabras que alcancé a escuchar antes de ver la puerta cerrarse en mi cara.

¡Lindo! Cuál lindo ni que ocho cuartos. Se tiene que ser muy iluso al creer que la nena nos va decir: gracias, este es mi número de celular, mi dirección, te voy a esperar en ligueros para que hagamos cositas, ¡es que estoy tan agradecida contigo!…Me sentí usado, algo similar a lo que debe sentirse después de una violación. Y es que un par de piernas para un tipo son como la kriptonita para Superman: imposible de resistir y letales al fin de cuentas.

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