El video de ver cine

El video de ver cine

Foto: Rachel - EL CLAVO

Al primero que le oí decir tamaña herejía fue a Guillermo Cabrera Infante. Para él, muchos años antes de la existencia del DVD, el gran placer de un cinéfilo no era ver cine, sino “ver cine en televisión”. Por supuesto que ver películas en televisión en Londres en los 70 debería ser mucho más emocionante que ver televisión en Colombia, en la misma década. Andrés Caicedo, para no ir más lejos se suicidó en 1977 sin siquiera sospechar que unos pocos años después existiría el Betamax. Ningún cinéfilo del siglo XXI sospechará la odisea que era ver películas en nuestro país antes de que existiera el video casero. Por supuesto, la labor del cinéfilo era la labor del héroe y no se puede comparar un crítico de cine como, digamos, André Bazin, en el París glorioso de los años 50, a los maniáticos escribidores de revistas como Hablemos de cine del Perú u Ojo al cine de Colombia.

Hoy, el asunto ha cambiado y creo que cada vez quedan menos cinéfilos locales que no prefieran el “home theater” a los centros comerciales con salas de cine. Es muy fácil ver ahora viejas películas. No hay que echarle la culpa  nadie. Si no se ha visto, digamos, Strangers on a train, es porque a uno no le ha dado la gana de ir a buscarla. Antes de 1980, creo que nadie de mi generación había visto Citizen Kane en una sala colombiana. Hoy, la venden en los semáforos, o como regalo de alguna revista del jet-set. Hace poco compré una colección de viejos westerns. Me dio una inmensa felicidad comprar la caja y allí la tengo, en mi videoteca, pero no he visto sino los créditos de Shane. “No me ha quedado tiempo”, que es la disculpa que tenemos los desordenados. Pero me siento tranquilo porque “aquí está”, en mi casa, ya no se va a escapar y la puedo disfrutar cuando me venga en gana. O seguramente moriré y no la veré nunca, pero moriré con la satisfacción de que Shane “es mía”.

Algo similar pasa con la música, en especial con la música popular, que es mucho más popular ahora que antes. Pero no nos vamos a meter ahora en terrenos tan sonoros y volvamos al cine. Creo que el placer de ver películas ha cambiado radicalmente y seguirá cambiando con el correr de muy pocos años. Así como Roland Barthes tipificaba los tránsitos de la literatura  en su Grado cero de la escritura, con el llamado “séptimo arte” el asunto es a otro precio, mucho más rápido y efímero que con otras disciplinas. Hace poco el escritor argentino Tomás Eloy Martínez reflexionaba sobre este asunto y reivindicaba un filme como El de don Luis Buñuel, por su capacidad única para sobrevivir los cambios del tiempo , gracias a su poderosa ambigüedad, su fino sentido del humor y su maravillosa capacidad de hacer concesiones sin hacer concesiones.

Como bien cinéfilo que soy, yo no creo que el cine sea tan efímero como reprocha el autor de Santa Evita. Al contrario, me parece que una de las grandes virtudes que tiene el cine es la de mejorar en la medida en que pasan los años. Incluso pésimas películas ganan, gracias a convertirse en testimonio de una época, de una manera de ser, de un paisaje que sólo podrá ser repetido por la perennidad de las imágenes. ¿Ha visto algún espectador colombiano, en especial caleño, una película como Esposos en vacaciones de Gustavo Nieto Roa en el 2007? Un largo que, cuando salió en 1977, era considerado poco menos que in esperpento, uno lo mira ahora con socarrona alegría, como un regalillo de Cronos. Sí, el mal cine envejece bien. A veces, al contrario, hay grandes películas que prefiero no haber repetido, como es el caso de Teorema, que no soporté su repetición 30 años después. Pero esos riesgos hoy se corren, ahora que podemos quemar, borrar, copiar, repetir, olvidar, multiplicar las películas, gracias a que hasta el Ciudadano Kane puede dormir en nuestra propia casa.

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