#Reseña: La Tierra y la Sombra

#Reseña: La Tierra y la Sombra

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Para los espectadores promedios, como yo, el cine colombiano es regular. Es decir, tiene unas películas buenas, otras normales y la mayoría malas. Lo digo pensando en el argumento, los efectos, el elenco, las locaciones y todo lo que se piensa cuando se piensa en una película. También están las que se estrenan el 25 de diciembre y son protagonizadas por los galanes criollos y las modelos de los calendarios, que se ven en los talleres. Y tiene otras, que ganan premios en el extranjero y que cuando las vemos, nos cuesta un poco entender por qué.

“La tierra y la sombra” es una película dirigida por el cineasta caleño César Acevedo, ganadora en 2015 del premio de la Cámara de Oro y de tres reconocimientos más en el Festival de Cine de Cannes. Allí se cuenta el drama de una familia destinada a perecer en medio del monocultivo de la caña de miel. Su angustia no se limita a la idea del destierro, del olvido, de las relaciones que los campesinos han marcado con la tierra durante años, sino la explotación de la que son víctimas, el desasosiego de unas condiciones de vida paupérrimas, de los daños físicos que deben padecer los trabajadores debido a la sobreexplotación de su fuerza de trabajo.

Todo hay que decirlo: es una película lenta. Pero no nos apresuremos. Lo digo desde la idea que tenemos del cine comercial, especialmente el hollywoodense, en el que siempre está pasando algo y no tenemos tiempo para detenernos a pensar en el por qué. Es lenta porque los encuadres, las secuencias y las escenas son amplias y los personajes parecen moverse en cámara lenta. Podría decir que es una lentitud apropósito, con la que el director quiere marcarnos una idea. Si usted lector, se detiene a pensar, en esa lentitud tan tediosa viven cientos de seres humanos en nuestro país.

Algunas cosas son mejor lentamente. No voy a entrar en detalles. A mí, por ejemplo, me gusta la literatura, sobretodo la que es un poco lenta. Porque me permite pensar en lo que pasa con los personajes. Intentar elucubrar, qué pasará con todo aquello que se ha construido sólo para qué él se encuentre con ella; o para que el mundo sea mejor. Existe un autor, que a mi parecer trabaja muy bien eso de la lentitud en sus obras, el argentino Julio Cortázar.

En el cuento “La casa tomada”, Cortazár, cuenta la historia de dos hermanos, que son tan unidos que parecen esposos; ellos han heredado una casa gigantesca de unos familiares ―presumimos por los datos de la obra que fueron terratenientes― y que se la pasan haciendo nada. La trama se enreda cuando aparecen unos extraños sonidos, los cuales se vienen apoderando de la casa, hasta el punto que dejan a los esposos fuera de ella.

A primera vista “Casa Tomada” no tiene nada que ver con “La tierra y la sombra”, sin embargo, en ambas se discute el asunto del poder sobre la tierra; desde contextos diferentes, desde visiones alternas. También podríamos pensar, en la idea del despojo por fuerzas que no se ven pero que ejercen presión. Y, si me pongo conspirativo, podría hablar de la relación con los espacios cerrados en los que los personajes sufren transformaciones que los obligan a cambiar, aunque ese cambio signifique la muerte.

En ambas obras existe una última relación: la voz de los personajes. Los diálogos se presentan como un telón de fondo necesario; están minimizados; se ven forzados y son demasiado expliciticos. Quizá lo importante no son las palabras con que describe el horror del pasado y el presente, de saberse perdido sino la capacidad de ambos autores, Cortázar y Acevedo, para capturar con la imagen el drama de los seres humanos.

 

Reseña escrita por Felipe París  @felipe_paris

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