#Reseña ¡Que viva la música!… En otra ciudad

#Reseña ¡Que viva la música!… En otra ciudad

que viva la música

Es un hecho: La música todavía vive en Cali, lo profetizó Caicedo. Pero esta ciudad no es la misma, lo muestra Carlos Moreno en la adaptación cinematográfica de “¡Que Viva la Música!”. No es sino escuchar la nueva salsa que mueve esta ciudad, la misma que exhibe la película, como una ruptura y a la vez una convención con la novedad de ritmos actuales inyectados en el género. Es que esta generación no es la misma que la de Caicedo, pero se mueve como aquella, al compás de un nuevo ritmo, tan sólo es cuestión de esperar a ver si perdura sonando un rato más.

Es curioso entonces que los seguidores del autor hayan reclamado ver en pantalla lo que leyeron en las líneas de una historia que no es grande por los sucesos, sino narrada por un personaje mítico, difícil de interpretar, porque es Cali misma que se hace llamar María del Carmen Huerta. ¿Que podía hacer Moreno? Voz en Off para citar a Caicedo.

¡Aplausos por eso!

Abucheos porque no es cierto, como lo sugirió, que su película pretendía ganarle a Caicedo nuevos adeptos. Más acertado es decir que asistimos a las salas, en gran mayoría, los que ya conocíamos la obra de Caicedo. Es de suponer que el resto que lo hizo, no sintió ni un mínimo de curiosidad por el autor, precisamente porque no conocían la justificación de la misma. Lo que les resultó, quizá fue un efecto más del cine insustancial: drogas, sexo, música…

Ahora bien, es preciso recordar que Andrés escribió a la cedencia de Cali, pero su estilo le pertenece al cine: “Desearía que el estimado lector se pusiera a mi velocidad, que es energética”. De imágenes concretas y de escenarios perceptibles.

Y a pesar de eso, el resultado visual, aunque se blinda en las libertades interpretativas de su director, no logra el mismo efecto en la carencia de los aspectos más esenciales: Faltó noche, faltó salsa, faltó la rumba de Cali.
La María del Carmen de la pantalla convencía cuando estaba inmersa en su viaje alucinado, pero su ritmo era otro que no parecía salsa. Ella lucía más bien comprometida con el lado picaresco del personaje, pero se quedó lenta en contraste con la energía y velocidad que éste le proponía.

Por otro lado, el acierto se ubicó en el cuidado de la composición fotográfica, convirtiéndose en la excusa que tenía como tarea convencer a sus espectadores objetivos. Los que vivimos a Cali, la vimos protagonista gracias a la captura de sus paisajes y de sus calles. Hubo también una proposición de atino que mostró nulo, casi inidentificable el tiempo en el que se desarrollaron los sucesos. Sí, es tácito el tiempo en el que se ubica, por la música y por la fachada de Cali que no es la misma de la de los 70’ pero, intencional o no, no hubo objetos que lo desvelarán, por ejemplo: reproductores de música sofisticados, quizá por eso la escena que mostró los auriculares que llevaba el gringo, terminó por develar el tiempo actual, para que luego por una acción simbólica fuera tirado y arrasado por el río.

¿Qué nos queda? Una pregunta y ciertamente no es si la adaptación resultó en acierto o no, la cuestión que realmente inquieta es si Caicedo hubiese reprobado la interpretación que Moreno hizo de su obra. No se puede garantizar, pero muy seguramente lo habría hecho, si, por un poder de lo vampiresco (que tanto le seducía), hubiese despertado en esta época, intacto, joven, rebelde; entonces su visión habría sido la que es propia a esa edad y ajena a nuestro tiempo; de lo contrario, es decir habiendo envejecido como un mortal más, no habría razón alguna para rechazar su historia capturada en pantalla por una mirada de la Cali de hoy, de la misma ciudad que aunque ha cambiado, le debe ahora su justificación a los años en los que él la retrató.

 

Escrito por Alexander Cabanillas   @AlexanderCaban

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