Shorty

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Hace algún tiempo fui invitado a Barranquilla como jurado de un festival llamado “Cine a la Calle”. Esta es una muestra internacional de cortometrajes que se desarrolla anualmente durante el mes de mayo en espacios abiertos de la ciudad (plazas, universidades y en calles sectores deprimidos). Cada año el evento reúne y selecciona los mejores cortos exhibidos en festivales y muestras de gran calidad a nivel nacional e internacional, presentándose como un espacio de intercambio entre profesionales de diferentes áreas audiovisuales, estudiantes y amantes de la imagen. Barranquilla no es sólo carnaval.
La selección nacional estaba compuesta por 10 obras de menos de 30 minutos de duración. No sólo había espacio para los cortometrajes como formato de ficción, sino también para un documental y una animación experimental. Todo el país se veía representado con obras de Bogotá, Cali, Santa Marta, Barranquilla y Medellín. Una representación que me llevo a una pregunta inquietante: ¿qué es ser colombiano? Varias respuestas se proyectaron.
Un documental trataba la vida que lleva un travesti chocoano, sus miedos, sus frustraciones y sus ilusiones.
Otra historia, hecha por un barranquillero y hablada en chino, nos contaba al estilo visual asiático la historia de una joven despechada que toma una decisión sobre la cual no podrá volver nunca, mientras las moscas se pasean por todo el lugar.

Dos niñas se enamoran en un colegio de monjas en medio de las burlas y los prejuicios de quienes las rodean (deberían mandar esa obra a aquel colegio en Armenia donde enamorarse es motivo de segregación y de protestas estúpidas por parte de sus compañeras) en una historia de Cali.
En un corto samario, padre e hijo se reúnen por última vez gracias a una tierna niña que resulta ser un ángel de la muerte.
Una animación inspirada en una canción hecha por colombianos pero cantada en ingles: “the spirit of the world is the evil, is the evil” nos sacudía al ritmo de rock industrial.
Dos jóvenes bogotanos, después de una rumba sin control, se ven ante el cuerpo inerte de una amiga… “mucha rumba, mucha rumba”.

En esta diversidad de temas, orígenes e influencias se encuentra el enigma que encierra la nación colombiana, producto de mestizajes infinitos y que resulta en contextos únicos y originales.
Hoy vemos cómo los festivales de cine (muestras de largometrajes, documentales y cortometrajes) proliferan en nuestro país, acompañando el auge que tiene la producción nacional y el creciente apetito del público colombiano por la imagen local.

Festivales como el de Santa Fe de Antioquia, bajo la dirección de Víctor Gaviria, llega ya a su sexta edición y cada año se ve más robusto; la convocatoria de El Espejo, basado en un espacio de Canal Capital dedicado exclusivamente a la divulgación de cortos, va por su quinto año; también podemos hablar de las muestras que organiza semanalmente In Vitro, que empezaron como una excusa para reunir a unos cuantos amigos alrededor de una cerveza y ver una buena tanda de cortos, ahora todos cuentan con premios propios y gran interés entre los jóvenes realizadores. Ya no es solamente el festival de Cartagena o el de Bogotá, ahora hasta Mompox está preparándose como sede de un festival. Todo esto además de la aparición de espacios totalmente libres de censura en Internet, como youtube, demuestran el poder de los cortos y los proyectos audiovisuales.

Les pediría a los jóvenes que se animen y se armen de una cámara, que se consigan a algún amigo con alma de exhibicionista, perdón, con vena de actor y se arriesguen a producir su propio corto… Hay muchos lugares para mostrar lo que uno puede hacer. Lugares en dónde mostrarse es lo que hay…

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