Estudiante vago 2005

Hace 12 años el mundo era muy distinto. Y el mundo de hace 12 años era muy distinto al de finales de los 70, cuando Troller y yo nos graduamos del Helvetia. Yo en 1977, él en 1979. Así que escribir la Guía del buen estudiante vago fue una tarea que nos exigió trasladar nuestras vivencias escolares a la realidad de comienzos de los 90. Primeros micrófonos inalámbricos, fax, walkman… Tarea gigantesca, aquella, para quienes aprendimos en quinto de bachillerato a usar regla de cálculo porque las calculadoras estaban prohibidas; los casetes no eran novedad, pero sí un soporte de tecnología de punta, y a nadie se le ocurría que algún día tendría un computador personal.
Imaginen entonces lo dispendioso y exigente que resultaría adaptar la Guía de 1993 a esta compleja y confusa realidad tecnológica donde cualquiera puede tener un teléfono celular o una agenda electrónica capaz de enviar y recibir mensajes de texto, documentos en un abrir y cerrar de ojos. ¿Cómo sería el estudiante vago de hoy? Difícil deducirlo, al menos en el terreno de los exámenes. Supongo que los profesores, antes de cualquier examen, hacen una minuciosa requisa tipo aeropuerto gringo a sus alumnos para detectar cualquier accesorio electrónico susceptible de almacenar información. Nada de iPods, ni de Palms, ni de memorias portátiles USB, mucho menos celulares con mensajes de voz, nada de auriculares manos libres de teléfonos, nada de tecnologías Bluetooth, ni WiFi… Entonces, el estudiante vago debe ser, ante todo, un astuto usuario de estos accesorios sin que el profesor lo detecte. Como yo soy tan torpe con los aparatos y mi motricidad fina deja mucho qué desear, no imagino qué tan práctico resulte guardar ‘copialinas’ en el buzón de mensajes de texto de un celular.
En otros campos, como presentar trabajos, supongo que la pesadilla de los educadores es Google, Yahoo, Altavista, herramientas que, bien utilizadas, son una maravilla pero que invitan al plagio y a la pereza. Sobre todo porque a muchos profesores de colegio y universitarios, para dárselas de modernos, les ha dado por pedir los trabajos escritos en un computador y no a mano, por poner las tareas por el e-mail en vez de copiarla con tiza en el tablero. Así que a los vagos les abrieron de par en par la autopista para que fusilen lo primero que se les aparezca en Google.
Conclusión, que ese libro, escrito en 1993 por dos bachilleres de finales de los 70, capte el interés de los jóvenes de hoy es un inmerecido honor que me llena de orgullo.

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