Que viva la música: Un viaje del centro a la periferia

Que viva la música: Un viaje del centro a la periferia

Desde su publicación, la novela más conocida del escritor caleño Andrés Caicedo ha suscitado innumerables críticas e interpretaciones, pero sin duda alguna uno de sus grandes logros fue dar origen a un retrato de la ciudad donde se pueden diferenciar los imaginarios colectivos de la época. En el presente ensayo se pretende dar cuenta de algunos de esos imaginarios y confirmar como a través de ellos surge una construcción urbana que escapa a cualquier manipulación estrictamente geofísica.


CONTEXTO HISTORICO

“Que viva la música”1 se lleva a cabo en la Cali de fines de los sesenta y comienzos de los setenta, época en la cual la ciudad estaba sumergida en un proceso de metropolización, de evolución; desde aquella población con rasgos de municipio pequeño hasta el punto de convertirse en una de las más importantes ciudades del país. Dicha época no sólo era trascendental en el devenir de la ciudad, sino también en el del mundo entero. Las constantes revoluciones estudiantiles, la guerra de Vietnam, la eclosión del Rock and Roll y el crecimiento del consumo de drogas fueron factores que se pasearon a lo largo del planeta y que influyeron de manera penetrante en algunas de las ciudades latinoamericanas en formación.

En Cali ciertos subgrupos de jóvenes, especialmente los de clase alta, representaron el malestar y la inconformidad respecto a los valores pequeño-burgueses en que se veían inmersos. Estos jóvenes tenían mayor posibilidad que otros de acercarse a culturas externas, como la norteamericana, por lo que recibieron una influencia más fuerte de los ideales revolucionarios que se gestaban en dicha nación, y que estaban representados en elementos como la música, el cine, la moda, entre otros. Por su parte, los jóvenes de las clases medias-bajas representaban otros imaginarios. Sus influencias provenían ante todo de hechos sucedidos a nivel local. La entrada de la salsa en Cali, la realización de los juegos panamericanos y otros acontecimientos similares constituían la principal fuente de formación de estos jóvenes que rechazaban la transculturación de que eran victimas sus contrarios en el ámbito económico y geográfico.


QUE VIVA LA MUSICA ¿NOVELA URBANA?

A diferencia de la novela citadina, en la que existe un espacio oficial donde se pueden verificar fácilmente los limites geográficos y territoriales, la novela urbana representa un espacio transgredido y mediatizado por los inconscientes de los personajes. El espacio geográfico se ve disuelto y surge una suerte de cartografía simbólica. La ciudad en su aspecto físico empieza a verse influenciada por los imaginarios colectivos que a ella se asocian. Es una realidad construida a partir y sobre la primera, pero en la cual los personajes brindan una visión que la aleja completamente de un posible acercamiento directo, mejor dicho que no implique ningún ejercicio de carácter simbólico2.

“Que viva la música” es ante todo una historia de degradación. Maria del Carmen Huerta, su protagonista, es una niña aburguesada del barrio Versalles -tradicional por excelencia- y estudiante del Liceo Benalcazar, uno de los más exclusivos colegios de la ciudad. Su historia, su relación con la ciudad, empieza el día en que falta al grupo de estudios sobre El Capital y empieza la caminata por el norte de Cali. La mona, como la llaman, nos describe su visión sobre el sitio de vivienda dando origen a todo un croquis simbólico que se completará más adelante: “Vivía pues yo, en el sector más representativo y bullanguero del ‘nortecito’, aquel que comprende el triangulo Squibb-Parque Versalles-Dari Frost, el primer norte, el de los suicidas. Lo demás, Vipepas, La Flora, Etc., es suburbio vulgar y poluto. Mi norte era trágico, cruel, disipado.” (Pág. 28). Encontramos allí la presencia de un imaginario geográfico asociado a tragedias como suicidios y parricidios. Ese norte donde vive la protagonista es el norte más tradicional, donde se ubican los jóvenes que sufren sus mismos problemas y que comparten gustos similares. Ese desdén hacia la otra parte del norte evidencia un rechazo a otra cultura diferente que ya se aleja del centro de la vida juvenil. Podemos entonces mencionar aquí la relación Centro-Periferia establecida por Armando Silva.

El centro lo constituye el norte de la ciudad, pero no todo el norte, sólo la zona mencionada por la protagonista. La periferia, conformada por el resto del norte, el centro y sur de la ciudad constituiría, pues, lo que Silva llama “tercería simbólica”3. Lo importante de la novela es el desplazamiento efectuado por la protagonista, quien empieza en el centro y termina en lo más recóndito de la periferia El proceso de desplazamiento de La mona empieza el día en que se va a vivir a la casa de su novio, en Miraflores, pues allí se acerca a otros barrios tradicionales donde las influencias culturales son diferentes. Ella misma ratifica su entrada al umbral de la periferia: “Sonaba en casa, no de ricos, al otro lado de la calle que yo pretendía cruzar, allí donde termina Miraflores. No se como se llama el barrio del otro lado, puede que ni nombre tenga, que la gente que vive allí haya aprovechado para llamarlo también Miraflores, pero no, no es; son casas desparramadas en la montaña, jóvenes que no estudian en el San Juan Berchmans(…)”(Pág. 93).

La inmersión en el mundo de la salsa y en la cultura del sur de la ciudad, aleja a la mona de sus antiguos gustos musicales y culturales. Cambia el parque Versalles por el parque panamericano; el oasis de la sexta por el cine club de ‘San Fercho’. Sus amistades la alejan cada vez más de su ‘nortecito’. Después se va a vivir con Bárbaro a Jamundi y se introduce en el mundo de la delincuencia. Cuando éste muere y ella se encuentra totalmente degradada, se vuelve prostituta por voluntad propia y se aleja completamente de su origen. Puede que la distancia geográfica entre el sitio donde se encuentra y el norte no sea tan grande, pero la distancia simbólica es abismal. Surge, pues, en la novela una paradoja bastante interesante: El centro de Cali es el último extremo de la periferia simbólica en la realidad urbana de “Que viva la música”.


1.
Caicedo, Andrés, Que viva la música, Bogota, Instituto colombiano de cultura, 1977.
2. Torres L. Carlos. “Una aproximación al carácter de la novela urbana: el caso de la ciudad de Bogota”, Cuadernos de literatura, Vol. I, # 2, Bogota, Julio – Diciembre de 1995.
3. Silva, Armando, Imaginarios urbanos Bogota y Sao Paulo: cultura y comunicación urbana en América Latina. – 3ed, Bogota, Tercer mundo editores, 1992.

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