MI PRIMER IRON MAN 70.3

Un acto de resiliencia

En el 2015, fue mi primer reto, San Andrés, entrené tanto que mis expectativas eran muy altas. Pero suele pasarme que ante cualquier evento de gran importancia, me enfermo y esta vez no fue la excepción. En la prueba Olímpica, con una fiebre que pretendía ser muy dinámica, me monte en la lancha que nos llevaría a Johnny Cay, mis sensaciones luchaban entre los nervios y el sueño de los antigripales.

En formación estábamos nosotras, las guerreras – Las Wonder Woman -, en la orilla de la playa, llenas de nervios y ansiedad, esperando la salida. La prueba olímpica consta de 1.5 km de natación, pero el oleaje y las corrientes hacían que fueran tres; 40 Km de ciclismo y 10 km de atletismo. ¡PAAAA! La salida la entendí 5 segundos después. La medicina me explotó a los 300 metros, por fin mi cuerpo respondió, solo pensé “he trabajado por esto y lo voy a lograr”. Una experiencia inolvidable, es la tranquilidad que da la profundidad del mar, ver tanta belleza marina, ver mantarrayas, peces colorinchis, arrecifes de mil formas, daban a entender que Discovery Channel no es suficiente.

En el ciclismo, con la fiebre a estallar y con visión borrosa por la gripa, empezó a llover en un lugar donde es un milagro que llueva. Pensaba ¿qué demonios está pasando, por qué tantos obstáculos en esta prueba? Empecé a llorar descontroladamente y a punto de retirarme, en el km 16 me encuentro con la Dama de Hierro, fuerte en su categoría y con la alegría que la destaca, me grito: ¡Vamos! ¡Si podemos! ese grito ha sido el empujón más fuerte que he tenido en mi vida. Me quite las gafas, las limpie, me sequé las lágrimas y continúe.

Cuando inicio el atletismo de 10 km, debía buscar un punto de hidratación lo más pronto posible, por un lado, para mojarme y bajar la fiebre, por otro, debía tomar líquido, estar en ese estado exige tomar el doble de hidratación. Al finalizar, rematé con otra mujer, pasamos la línea de meta, nos abrazamos tan fuerte, como si nos conociéramos hace años, pero acá el cuerpo no me aguantó, me desmayé, me desvanecí en los brazos de mi compañera de remate. Muy pocos saben este suceso, no sé qué pasó hasta que me desperté con paramédicos a mi alrededor en una ambulancia, me preguntaron mi nombre y si quería que llamara a alguien, solo dije ¡Terminé, terminé, termineee! Esto acompañado de lágrimas. Debo reconocer que fue un acto irresponsable, pero fue una experiencia que te hace ser más fuerte física y emocionalmente.

Más pruebas y retos se trazaron, porque el cuerpo cada vez que supera una prueba, pide otra más exigente y en esta ocasión fue mi primer IronMan 70.3, en Conzumel, México. Salimos a las 5:00 a.m. ya que el punto de partida era muy distante al punto de llegada. Aquí empieza el corazón a latir sin control, en ese punto te preguntas cosas como: ¿Por qué estoy acá? ¿Acaso me pagan por esto? Y después dices ¡Qué machera, haré un IronMan!

En el muelle, lugar por el cual debíamos transitar para dar inicio a la natación, saltaban delfines a nuestro lado, una cosa maravillosa. Antes de salir todas nos abrazamos, sin importar si nos conocíamos y nos dijimos un “adiós” lleno de las mejores energías, porque después de entrar al agua, no sabía si nos volveríamos a ver. El mar de Cozumel es espectacular, envuelve una calma en su oleaje y una belleza indescriptible en su profundidad. Conserve la técnica, disfrute cada brazada, salí muy tranquila; sin embargo, la transición hacia las bicicletas fue larga.

Tomé mi bicicleta, una cenicienta al lado de todas las demás, pero con ella he entrenado y con ella llegué allá. La ansiedad me embargaba todos los pensamientos, solo pensaba en el sol, eran 90 km, superé la línea reglamentaria donde podía montarme en ella, me subí, con todo el estilo gamín y empecé a pedalear. No lo puedo negar, le recé a todos los santos para que no me pinchara y que no me diera un golpe de calor, ya que el camino se veía como en el desierto, a veces se veían los oasis, que resultaban ser puntos de hidratación. Disfruté cada uno de los kilómetros en bicicleta, y más, cuando sobrepasaba a esas bicicletas de crono full carbono, las cuales el viento zarandeaba a su antojo.

Cuando llego a la última transición, no encontraba mis implementos para salir a correr, parece ser que otro deportista los cambio sin intención de lugar, perdí tiempo, pero el staff de la organización fue de excelente calidad. Todo marchaba bien hasta que en el tercer kilometro me atacó la cistitis, es un dolor insoportable, tuve que caminar, me ecnontré con mi compañero, el Maestro Galáctico, quien gritó “Qué hubo, usted no vino acá a caminar”. Eso me impulsó a buscar una solución al dolor, logré entrar a un baño y logré calmar la molestia.

Piensas tantas cosas en cada tramo de esta competencia, piensas sobre los logros, lo que has tenido que hacer, lo que has tenido que trabajar, las personas que te han ayudado como en las personas que te han lastimado y decepcionado, es una prueba que te mide como ser humano, terminar es superar todas las adversidades físicas, mentales y emocionales de toda tu vida y, además, te llena de verraquera, mejor dicho, ¡que se venga lo que sea! Por otro lado, eres un colombiano en tierras ajenas, no importa si eres de un club diferente, al final todos somos familia.

Rematé los últimos 3 km, con el corazón, con un cuerpo fuerte, que se preparó para disfrutar de esta competencia tan exigente. Pasé la meta, no sabía si llorar o gritar o reírme y el Maestro Galáctico, de un grito llamó mi atención… ¡que emoción! corrí a abrazarlo… me entró un afán, quería ver a mi compañera consomé, cuando la vi, nos abrazamos muy fuerte, ¡TERMINAMOS!, ¡TERMINAMOS, LO LOGRAMOS! Era lo que replicábamos en nuestro encuentro… “YA SOMOS IRONWOMAN”.

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