#ÉchemeElCuentoV2: Una Broma Sin Perdón

#ÉchemeElCuentoV2: Una Broma Sin Perdón

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Llegó a las 6:30 a.m. a ver su primera clase en octa­vo de bachillerato. Tenía dos trenzas en su cabello negro, una piel tan blan­ca que inspiraba tantos apodos como suspiros. Tenía el uniforme de edu­cación física y sus nalgas se veían estupendas, unos ojos claros y una voz tan dulce que hizo que pasaran cosas malvadas por mi cabeza en plena pubertad. Pero como buen burletero y participante de una gallada de aburridores líderes del salón tenía que darle su bienvenida.

Pasó el tiempo y ya ganada su confianza se dio el momento oportuno para efectuar el plan que le jodería la mañana a aquella niña que me atormentaba la cabeza y el corazón.

Ese día nació la inspiración y con la ayuda de mis colegas y cómplices dimos continui­dad al plan elaborado con minutos de ante­lación. Era sencillo: entramos al salón mien­tras todos estaban en descanso, realizamos la famosa “empanada” a su maletín, añadimos un paquete de papas con basura y salsas de tomate en su interior y un banano, que en su cáscara decía “TE GANASTE UN CAMBIO EXTREMO” escrito de mi puño y letra con bolígrafo de tinta negra.

Nos esfumamos y dejamos todo en su lugar, sintiendo esa paz de lograr el cometido inicial­mente planeado sin testigos. Al ingresar de descanso, el ambiente era perfecto; el salón estaba completo con todos los compañeros sen­tados esperando al profesor y sólo faltaba que la víctima se enterara, ver su reacción, reír como idiotas y sentir la paz de haberle dañado el día a una persona.

 

"Llegó y sus ojos se abrieron de par en par. Frunció el ceño, su cara cambió de color pá­lido a un rojo algo miedoso e inició el show esperado".

 

Llegó y sus ojos se abrieron de par en par. Frunció el ceño, su cara cambió de color pá­lido a un rojo algo miedoso e inició el show esperado; tiró el banano contra la pared del salón y toda la basura que había en el interior del maletín en el piso. Fi­nalmente la cara se liberó, empezaron los pucheros y las lágrimas cayeron. Sa­lió y tiró la puerta. Nadie se rió mucho pero mi risa de es­túpido me delató y le echaron el cuento a la directora del grupo.

La directora me pone al frente de la niña de trenzas, permitiendo lo que siempre había querido y no había hecho solo: parár­mele delante de ella y decirle una bendita pa­labra mirándola a los ojos. Esa vez lo primero que hice fue pedirle disculpas por la broma mientras la veía llorar. Sus lágrimas me des­truyeron.

Me tragué de esa niña de tal forma que dejé de desayunar en el colegio para reunir dinero para llamarla tres veces en la sema­na, comprarle peluches y tarjetas de amor. Un día supe que un dragón de peluche súper especial que le había regalado y que se había consumido mi presupuesto del mes, ella se lo había regalado a un amigo mío y éste perso­naje se lo había regalado a su vez, a una con­quista suya. Así sentí la primera broma en mi contra que me hizo hasta llorar y de la que no recuerdo que me hayan pedido perdón.

Autor:

Andrés Amador Bernal

@AndresAmador2

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