A los colombianos nos gusta que nos mientan

A los colombianos nos gusta que nos mientan

Ilustración: Luisa Fernanda Soto - EL CLAVO

En política lo que el público ve, pocas veces tiene alguna relación con lo que se decide a puerta cerrada. Constantes negociaciones, intrigas, chismes, amenazas, componendas, tratos, extorsiones, intercambios, alianzas y mentiras, hacen parte de cómo se maneja actualmente el poder. La gente se aterraría si pudiera ver a sus líderes no en su faceta histriónica si no como cualquier otro humano: débil ante la tentación, vulnerable ante el miedo, el deseo, la ambición.

Son los secretos de los poderosos los que determinan los destinos de millones de seres humanos, lo que la gente ve en las noticias suele ser una mera representación de lo que hay detrás de las cortinas… no son los votos de la democracia lo que controla a quienes mandan, el control lo ejerce  gran parte la corporatocracia o las organizaciones que tienen algo de mafia, algo de corporación, algo de para-Estado. Suele ser entonces que el miedo y el dinero manden en la vida de quienes deciden jugar a ser líderes.

La mayoría de políticos se vuelven adictos al poder, a los aplausos, al reconocimiento. Es parte de la condición humana: el ego, y algunos llegan a la megalomanía, pero casi siempre, y sobre todo, dentro de las lógicas del mercado, el político termina siendo un representante de los intereses del mejor postor, antes eran los terratenientes e industriales los que halaban sus cuerdas, hoy son los bancos, las corporaciones y las mafias. Por ejemplo, no es en vano que, actualmente, el político con mayor poder en el Valle del Cauca, se encuentre preso y mande desde la cárcel.

Es popular la imagen de un sujeto a quien se le otorga el mayor estatus de la sociedad, al que todos los otros hacen reverencia, lo que no se conoce es que muchas veces ese individuo no cuenta ni con las capacidades, ni con las aptitudes intelectuales o espirituales necesarias para guiar a otros humanos.

Las personas que hoy hacen de políticos, en muchos casos, tienen más de actores que de líderes, más de negociantes que de administradores, y se encuentran lejos de ser quienes les den solución a los problemas que hoy en día amenazan a la especie humana.

Sin embargo, hay que enfocarse en el sistema que hace posible que sea el lucro el que determine nuestro desarrollo y no lo sea la aplicación de los valores o principios. No podemos darnos el lujo de ser éticos simplemente porque el mercado es el imperante, no nos lo permite, es por eso que los políticos que intentan apartarse del statu quo son invariablemente muertos o desprestigiados.  

Mientras las decisiones que afectan a todos se tomen junto a unos tragos en medio de una fiesta privada para beneficio de una élite invisible, el potencial humano seguirá encadenado, y nuestras vidas se producirán en la tristeza y el desasosiego, más que en el gozo y el amor.

Tal vez, las generaciones futuras entiendan, tal vez, comprendan que los políticos de esta época fueron víctimas de sus egos y de su avaricia. Sin embrago, el que nos entiendan nada tiene que ver con que nos perdonen. Mientras tanto, nosotros seguimos en este teatro que se monta para la satisfacción de unos cuantos, el entretenimiento de otros, y la desgracia de miles de millones más de seres humanos.

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