Algún milagro

Algún milagro

–¡Mira! ?gritó, y me entregó un papel arrugado y sucio, y luego habló como si se ahogara…

Foto: José Mladonado - EL CLAVO

No sé qué impulsaba a Pablo afrontar la vida con tanto rigor, tanto que lo llevó a su decadencia. Creo que buscaba conquistar la vida y ganarle a la muerte para perdurar en la eternidad. ¿La conquista de la vida? No, yo diría más bien la conquista de la muerte, pero eso sólo él lo sabe.

Recuerdo que a veces me decía, como si esa idea se le atravesara por casualidad en el camino, “Fernando, voy a escribir el poema más bello jamás visto, tan bello que hará humanos a los que han dejado de serlo, tan divino, que los poetas no podrán escribir más porque no les cabrá otra cosa en sus almas” y terminaba con una sonrisa y un empeño que se le notaba en los ojos: con lágrimas. Yo lo miraba conmovido e incluso me erizaba por el tono mágico que le imprimía a sus palabras.

Pablo era un ser extraño, presente en el mundo pero tan alejado de él, que a veces me sorprendía su falta de problemas de orden práctico. Su rutina diaria era organizada y ejecutada con una precisión inigualable. De las 6:30 hasta las 12:00 día escribía; de la 1:00 hasta las 4:30 leía; de las 5:00 hasta las 7:00 de la noche, se paseaba por la ciudad para observarla; de 7:00 a 10:00 de la noche, comía con algún amigo, con quien hablaba de libros y de la vida, o si no, asistía a algún evento cultural. De las 11:00 hasta la 1:30 de la mañana leía un tanto; de las 2:00 hasta las 3:30 a.m., leía otro poco y de las 4:00 hasta las 6:00 de la mañana leía todavía más. Era increíble ver cómo durmiendo apenas tres horas y media de las 24 que tiene el día, conservaba siempre una lucidez y una energía desbordante, a diferencia mía, que siempre he sido perezoso e indisciplinado.

El día en que comenzó su declive lucía desesperado. Gritaba angustiado diciendo que era un tonto, que no tenía el talento suficiente y que moriría sin ser recordado.

–¿Qué te pasó? – le pregunté.
–¡Mira! – gritó, y me entregó un papel arrugado y sucio, y luego habló como si se ahogara? Fernando, no sé quién, pero ha escrito y ha botado el poema más bello que en mi vida haya visto, léelo y entenderás. Es más grande que cualquier cosa que haya imaginado, su sola existencia es sagrada y aún así ¡lo han tirado como un objeto sin valor!

Estuve unos segundos perplejo y luego leí, leí algo tan terriblemente hermoso que creí se me iría la vida. Fue como si un aura divina me llenara el alma con un pedacito de cielo. Creo que fue una especie de comunión con el universo en donde todas sus maravillas se concentraban en mí y yo era uno sólo con el todo. Sí, Pablo tenía razón, era un poema aterradoramente bello, sobrehumano, un poema que, a mi parecer, sólo pudo haber sido escrito por Dios.

Desde ese momento Pablo se encerró. No comía ni dormía por escribir y leer, y si a veces salía, era en busca de más “poemas sagrados” regados por ahí a la deriva. Yo vi cómo su cuerpo se consumía lentamente, cómo se iba deteriorando su enérgica presencia mientras su desesperación aumentaba, hasta que una mañana lo hallé tendido en el suelo sobre un charco de lágrimas. Había muerto.

Cierto día, un día muy lindo y soleado, iba caminando solitario por un parque y vi caer del cielo un papel arrugado. Lo levanté, era otro poema. Un ángel sacaba la basura del Paraíso.

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