Árboles y Mariposas

Árboles y Mariposas

Como cuando los árboles se volvían mariposas. Mariposas gigantes con alas descomunales que alborotaban el polvo cuando despegaban. Un día simplemente se cansaban de ser árboles y salían de sus capullos. Eran gigantes, con alas hermosas de mil colores, grandes manchas de óleo regadas al azar para deleitar al distraído. Lo sorprendían; de repente uno estaba en la ventana, descuidado mirando caer la tarde, cuando pasaban veloces por el balcón, agitaban todo, los papeles volaban y uno quedaba con la sensación de un baño de color, con polvo de ese mágico con que nacieron. Uno quedaba con ese polvo en la nariz.

Como cuando se llenaban de energía. Sucede que se cansaban de dar vueltas y de alborotar su paso, necesitaban más energía, entonces aterrizaban en la mitad del parque, una tras otra, y extendían sus alas al sol. Sus grandes manchas brillaban como nunca y las fachadas de las casas cambiaban de color tan rápido que pareciera que el mundo daba vueltas al revés. Los niños corrían a jugar, saltaban en las grandes alas, saltaban muy alto y luego se dejaban caer, caían suaves y levantaban el polvo, entonces saltaban de una a otra y cambiaban acariciándolas y bañándose en sus manchas de óleo.

El parque se volvía un revoltijo de colores, risas, y polvo. Fue ese polvo, el mágico, el que despedían sus alas. Por él fue que te vi. Estabas en esa banca, distraída como siempre, viendo a los niños jugar, te vi y fue el polvo, porque sentí fuerzas, una gran fuerza que me alcanzó para llegar hasta donde ti.

“Hola” -te dije, pero no me pusiste atención. Entonces fue el polvo, esta vez te hizo estornudar.

“Salud” -pero aún no me escuchabas. Y me sentí mareado, debí sentarme para no caerme. Me senté a tu lado y apoyé mi cabeza en tus piernas. Disculpa pero creo que fue el polvo. ¿Cómo no lo recuerdas? Si fue tan bello, tú tomaste mi cabello y comenzaste a hacer remolinos, entonces todo se volvió una mezcla de mariposas, óleos, risas y amor, no tuyo, mío, mío porque yo sí me acuerdo, pero tú también te tienes que acordar. ¿Cómo no? Si nos paramos y te abracé. Fue corto, eso sí, fue corto pero porque ya no tenía fuerzas. Las mariposas habían dejado de dar vueltas en el parque y de jugar con los niños y habían vuelto a entrar en mi estómago y en mi cabeza. Entonces estaba todo lleno de ese polvito mágico de ellas, y cómo querías que tuviera fuerzas. Ahí fue cuando partiste. De eso sí te acuerdas, ¿cierto? Cuando diste tres pasos y desapareciste. No te volví a ver, pero te acuerdas de mí, ¿cierto? Igual ya qué. Pero fue lindo, como cuando los árboles se volvían mariposas.

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