Bajo la sombra de un escritor

Bajo la sombra de un escritor

bajo la sombra de un escritor

Estando a un año de terminar Derecho, conocí la historia de una persona que me cambió la vida para siempre. Me llamo Perry Macanche. Para usted señor lector que tiene esta página frente a sus ojos, le he escrito la presente carta, contándole una de las cosas más extraordinarias que me ha sucedido en la vida gracias a seguir como un fanático la vida de aquella persona.

Llevaba cuatro años con excelentes notas en la Universidad y siempre había querido ser alguien diferente a lo que era en ese momento, sin embargo la vida de abogado me esperaba en mi pequeña ciudad. Un día como cualquiera me enfrenté con un artículo biográfico en internet, llamado “La lista de los diez de Hollywood”. Lo abrí sin ninguna emoción y me topé con una gran cantidad de letras que a la edad de 18 años causaban impresión y aspereza. Era un domingo, y por lo vacante que me encontraba, decidí iniciar a leerlo.

Aquel artículo hablaba de la vida de Dalton Trumbo, un novelista, guionista y director de cine estadounidense, quien tuvo la mala —o la buena suerte— de vivir en la época de la Guerra Fría en la que fue acusado de comunista. El cine y el comunismo no podían ir de la mano, y menos en una era donde las ideas eran el arma principal. Trumbo fue sentenciado y condenado, pasando largos años en la cárcel. Mientras estuvo recluido, nueve amigos suyos fueron silenciados y otros asesinados.

Habiendo salido de prisión debió cambiar de casa, y al no poder conseguir ingresos económicos cayó en quiebra. Sin embargo, nunca se rindió. Con gran dificultad logró contactarse con una productora de películas “basura” (es decir, películas de corte comercial y sin sentido) y muy a su pesar le tocó escribir guiones sobre gorilas asesinos y demás cosas absurdas para recibir como pago apenas mil doscientos dólares, algo que para él fue una total humillación. De todas maneras vivió de eso por un buen tiempo y con el paso de los meses logró que contraran a cuatro de sus amigos. Trumbo escribía entre siete a diez horas al día, mientras trabajaba en sus guiones. Una vez terminado uno que le parecía “bastante decente” decidió dárselo al dueño de la productora “basura”, quien lo aceptó con gusto, pero que lo publicó bajo el nombre de un guionista falso, debido a la persecución que aún recaía sobre Trumbo. Aquel trabajo ganó un premio Óscar al mejor guion. Al enterase de la noticia, el escritor celebró en su casa, en el anonimato absoluto, bajo el silencio total. Así pues siguió escribiendo y tan sólo ocho años después (luego de haber ganado su segundo premio Óscar igualmente bajo seudónimo) pudo recibir los honores con su nombre en los créditos. Su lucha no cesó nunca. Aquel triunfo se lo dedicó a su hija, por ser ella quien decía él, aguantó todo lo que sufrió su familia.

Terminé de leer el artículo. Cerré la pestaña del navegador. Salí de mi casa, me tomé una cerveza, y llamé a mis padres a contarles, que tal y como se los había dicho en mi infancia, yo iba a luchar por ser feliz, y que aquella felicidad por muy abstracta que fuera, yo la iba  materializar cumpliendo mi sueño, siendo escritor. Trumbo representa en mi vida esa bomba de tiempo que me llevó a tomar mi decisión. Él luchó toda su vida en el anonimato, escribiendo siempre a manera de salvación propia, más no por el reconocimiento…

Hoy, señor lector, le escribo esta pequeña carta, gracias a Trumbo, ya no como un abogado, sino como un escritor.

 

Autor: Juan Sebastián Cubides
Twitter: @Jcubidescs

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