Lo que el bisturí se llevó

Lo que el bisturí se llevó

Foto: Cristhian Carvajal

Muchas niñas colombianas ya no sueñan con recibir como regalo en sus quince años un viaje a Disney World, ni una fiesta con príncipes azules, ni un anillo de rubí. Ahora, influenciadas por los nuevos patrones de belleza que promueve la publicidad, lo que piden es una liposucción, una operación de senos o una cirugía estética en la nariz.

Una investigación reciente de la Universidad de Antioquia concluyó que la fiebre de la vanidad ataca en todas las edades y no respeta sexo ni credo. Eso sí: en cada caso la motivación es diferente. Por ejemplo, la principal obsesión de las señoras mayores de 45 años —conocidas en el país con el sonoro apelativo de “cuchibarbies”— es estirarse la piel del rostro y levantar lo que la ley de gravedad ha ido llevándose para el piso, es decir, las nalgas y los senos. Los hombres, que hasta hace unos años pensaban que podían ser barrigones impunemente, ya no se conforman con tener pelo en el pecho y dinero en el banco: quieren, además, el vientre plano de Ben Affleck, la sonrisa de Tom Cruise, el torso de Brad Pitt y la nariz respingada de Leonardo Di Capprio.

Ana Elvira Palacios, sicóloga bogotana, dice que el nuevo culto al cuerpo es un asunto complejo que debe mirarse a la luz de la globalización. Antes, según ella, los hombres y mujeres de nuestro país adoraban la redondez de la carne, y, en consecuencia, sus cuerpos parecían fugados de un cuadro de Rubens. “Pero hoy”, explica, “con el bombardeo del cine, la televisión satelital y el Internet, hay un contacto permanente con los cánones de belleza de las pasarelas europeas, y entonces muchas personas quieren asumir como propia esa flacura cercana al raquitismo”.

Determinar la cantidad de dinero anual que mueve en Colombia la llamada “economía de la vanidad” es prácticamente imposible. Entre otras cosas porque muchos de sus protagonistas, por razones que van desde el pudor hasta la proliferación de centros médicos ilegales, permanecen en la clandestinidad. Sin embargo, la nutricionista Eva Umaña se atreve a aventurar un cálculo que, de todos modos, considera “conservador”: Tres millones de dólares. Su cifra se basa en una encuesta del Instituto Gallup de Brasil, según la cual “el 61 por ciento de las personas de América Latina considera que la belleza externa es el factor más importante para el éxito social”. El reporte precisa que en la región, durante la última década, las visitas al quirófano para mejorar la apariencia física se incrementaron en un 200 por ciento. “Con escasas variaciones”, añade el estudio, “los datos son válidos para todo el continente”. La doctora Umaña estima que en Colombia una de cada cuatro familias de las clases media y alta, tiene por lo menos un miembro que se ha sometido a algún tipo de cirugía plástica. Los costos de cada intervención oscilan entre los mil y los tres mil dólares. Hace un tiempo, el hospital rural de Soatá —220 kilómetros al sureste de Bogotá— lanzó una insólita oferta de liposucciones, con el fin de atraer más usuarios y conjurar así su asfixiante crisis económica.

La autoestima, un asunto de peso

Muchas personas defienden la posibilidad de retocar su imagen, como una manera válida de elevar la autoestima.

A mí siempre me dijeron que era bonita”, cuenta entre risas la estudiante universitaria Zulay Alfaro. “Pero el problema es que heredé los ojos verdes de mi madre y las tetas de mi padre. O sea, tenía el pecho liso como una tabla y eso me hacía sentir muy mal”.

Acomplejada por las burlas, la muchacha decidió implantarse un par de senos talla 38, que harían palidecer de envidia a la mismísima Pamela Anderson. Desde entonces, dice, tiene más suerte con los chicos y más ganas de asistir a clases.

La sicóloga Ana Elvira Palacios recuerda que la naturaleza no siempre es justa y a veces, por el contrario, “es perversa”. Por tanto, no ve ningún problema en el hecho que los seres humanos “busquen corregir las injusticias del destino”. De acuerdo con su teoría, se trata de “adquirir una presencia para sentirse cómodo y enfrentar las exigencias de la sociedad”.

El estilista Santiago Urrutia plantea, al respecto, una pregunta inquietante: “si nos olvidáramos del bisturí, ¿veríamos alguna diferencia entre maquillarse la cara para ocultar una verruga y quitarse un gordo sobrante del abdomen?”.

Algunas personas consideran que el hombre, por naturaleza, siempre tendrá alguna inconformidad con la imagen que le devuelve el espejo. Y añaden que esa preocupación es más espiritual que material. Es algo así como asociar la fealdad con la muerte y la belleza con la vida. “Si vendieran el elixir de la eterna juventud que aparece en los cuentos de hadas, tenga la seguridad de que todo el mundo lo compraría”, asegura la doctora Palacios.

Los defensores de esta corriente justifican cualquier método en la medida en que mejore el estado de ánimo de la gente. Por esa causa, todo se vale, desde eliminar las arrugas de los párpados hasta darle realce y firmeza a esa parte donde la espalda pierde su casto nombre. El último grito de la moda es que ciertas mujeres veteranas se sometan a un “rejuvenecimiento vaginal con rayos láser”. El complejo mecanismo, a juicio de algunas usuarias, les deja una vulva “casi de diseño”. Hace poco, una señora de 52 años envió una carta al periódico El Espectador, diciendo que su cirugía había sido tan buena que ella se sentía ahora como una especie de “virgen repitente”.

Lo malo y lo feo

La vanidad no siempre te mejora: a veces te mata. Ese parecería ser el lema que, en la otra orilla, utilizan los críticos de esta fiebre de métodos artificiales de embellecimiento que se ha apoderado de Colombia. Citan el caso de las personas que han muerto por haberse sometido a cirugías plásticas en condiciones inadecuadas. Una de ellas fue la señora María Isbeth Cardona, madre de la conocida cantante Marbell.

Hace algunos años, la reina Gynari Patricia Coronado cayó de bruces en la pasarela de Cartagena, en pleno desfile del concurso de belleza. Los médicos dijeron que se le habían infectado las heridas de la liposucción que se practicó en los muslos.

Buscar la belleza a cualquier precio puede ser la idea más insensata del mundo, nos previene la nutricionista Eva Umaña. Para ilustrar su tesis nos recuerda que hay chicas que miden 1,76 y pesan 48 kilos, y sin embargo se creen obesas. “Cuentan cada caloría que consumen, vomitan la comida para no sentirse culpables, usan laxantes y diuréticos, se someten a jornadas inhumanas de ejercicios, y si nada de eso les hace sentirse flacas, usan la opción extrema de no comer absolutamente nada”.

Añade que la presión social en torno de la delgadez como proyecto de vida es de tal magnitud, que hace poco escuchó a una niña de apenas ocho años preocupada por el peso.

Muchos piensan que alcanzar la flacura a las buenas o a las malas, incluso a costa de la vida misma, es una de las formas más brutales de la tiranía contemporánea. Por algo el expresidente colombiano Carlos Lemos Simmonds se atrevió a decir, un poco antes de morir, que la obsesión por la figura “es la burka de la mujer occidental”.

La polémica alrededor de este asunto es tan candente que ni siquiera el muy serio escritor Gabriel García Márquez ha podido sustraerse de ella. “Queremos”, le dijo a un periodista, “mujeres hechas en la cama y no en el quirófano”.

Guardar la línea como sea o engordar sin remordimiento, dejar que el tiempo tumbe todo u oponerle resistencia mientras sea posible. He allí los dos extremos, el gusto y el disgusto. Un asunto de vida, pero también —qué duda cabe— de muerte.

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